

La vida que quedó
Tras la muerte de su padre, Ana despierta a las seis, atrapada por la inercia del hábito de cuidado. La casa, vacía de la cama hospitalaria y del sonido de su respiración, se sume en un silencio distinto. Mientras el mundo exterior sigue su curso, Ana enfrenta un duelo hecho de desorientación y cansancio. Entre el sillón vuelto a su lugar y las fotos que permanecen como testigos, comienza a procesar su nueva identidad, buscando aprender a respirar de nuevo en su propia vida.
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El azul de la memoria
Un Fiat 600 azul comprado recién casados termina siendo mucho más que un auto. Entre viajes lentos, veranos con el motor abierto, una perrita inquieta y la pequeña hermandad de los dueños de fititos en la ruta, ese auto se convierte en testigo de los primeros pasos de una vida juntos. Años después, cuando el auto ya no está, el recuerdo sigue arrancando solo.
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¿En que momento me convertí en mi viejo?
Una mañana cualquiera. Trámites mínimos. Calor pegado a la nuca.
Un comentario al pasar en un negocio, un chiste en la carnicería, una charla breve que no cambia nada… salvo algo adentro.
De pronto, en el asiento del auto, aparece la revelación incómoda: estás haciendo exactamente lo que hacía tu padre. Hablando con desconocidos. Buscando sonrisas. Vistiéndote cómodo. Sin pedir permiso.
Lo que de chico te avergonzaba, hoy te sale natural.
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La herencia de las mañas
A través de una observación minuciosa de los gestos cotidianos, este relato explora la naturaleza de la identidad y el duelo. Propone que la verdadera herencia no reside en la genética, sino en la repetición inconsciente de hábitos y ademanes de quienes ya no están. Un ensayo íntimo sobre cómo los ausentes permanecen habitando nuestro propio cuerpo, manifestándose en una risa, un suspiro o una mirada frente al espejo, transformando la pérdida en una continuidad doméstica.
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La promesa ajena
Mi hermano Jorgito, es de esos tipos que hacen promesas cuando no les queda otra. Pero esta vez se pasó de rosca: fue hasta el santuario del Gauchito Gil, se arrodilló con devoción de película mala, y prometió algo que yo tenía que cumplir. Sí, sí: yo. Ni siquiera fue en joda. No es que dijo "mi hermano seguro lo haría". No. Fue literal. Prometió que, si se le daba cierto deseo misterioso (que todavía no me cuenta, el muy turbio), yo le iba a construir al Gauchito una casita
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2025, dicho bajito
Un balance del 2025 que huye del ruido para refugiarse en lo esencial. El autor recorre un año marcado por el cierre de deudas literarias, el nacimiento de un espacio propio para el susurro y la compleja dinámica de una familia en movimiento: desde el orgullo por los que avanzan hasta el dolor por las ausencias y las grietas que no cierran. Entre la inundación de Bahía y la gratitud silenciosa, el texto es un reconocimiento de que, mientras lo cercano esté firme, aún queda ti
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El método infalible de Teresa
En cada destino al que nos llevaba la profesión de papá, mamá buscaba su ejército personal: una mujer que le diera una mano en la casa porque, pobre, sus huesos siempre la hacían renegar. Y cada una de esas mujeres —chicas jóvenes, señoras de carácter, veteranas sabias— venía con su propio manual de instrucciones sobre cómo se debía vivir. En Despeñaderos, Córdoba, se apareció Teresa, una cordobesa recia, de esas que no te sonríen mucho pero cuando lo hacen te arreglan el día
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Ese otro lado donde nos reconocemos
Un relato conmovedor sobre la muerte como frontera, no como fin. Explora cómo la fe transforma la ausencia en una presencia sutil y la pena en gratitud, recordando que el amor trasciende y el reencuentro es una promesa silenciosa.
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El living del juicio final
A papá lo anunciaba el aire. Bastaba que entrara para que todos nos acomodáramos solos, como si la casa recordara el reglamento antes que nosotros. Nunca gritaba, no hacía falta. Te ordenaba con la mirada y con esos silencios que te dejaban más derechito que una revisación médica. Y así estaba la cosa cuando Laly decidió presentar a Fito. Ella empezó a salir con él —si, el mismo que hoy es su marido, el papá de sus hijos y el abuelo chocho de la nena. Pero en ese tiempo era a
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La guerra del postre (y la villanía de Laly)
En casa éramos seis hermanos: cuatro varones y dos mujeres. Un ejército. Literalmente. Papá era militar, mamá ama de casa, y la mesa familiar era un campo de batalla disfrazado de sobremesa. La Coca-Cola era diplomacia internacional. El postre, oro puro. Si aparecía un flan, la ONU se quedaba corta. Gelatina, directamente era la Guerra Fría. Ahí arrancaban los movimientos estratégicos: cucharas en alto como bayonetas, codazos camuflados, miradas de reojo que eran misiles nucl
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