Elijo tenernos
- 6 oct 2025
- 2 Min. de lectura
Actualizado: 14 abr

En el último asado nadie se sentó donde siempre.
La silla quedó ahí, corrida apenas, como si alguien hubiera pasado y la hubiera dejado lista para volver. Nadie la acomodó. Nadie dijo nada. Pero todos la vimos.
La conversación siguió igual.
O parecida.
Alguno habló de trabajo. Otro de los chicos. Se brindó por cualquier cosa. Se rió donde había que reírse.
Pero faltaba algo.
No alguien.
Algo.
A veces en las familias pasa eso. No se rompe todo de golpe. No hay un escándalo que explique el silencio. Es más chico. Más incómodo. Una frase mal dicha. Un gesto que se entendió torcido. Una llamada que no se devolvió.
Y después, sin darse cuenta, uno deja de ir.
O va menos.
O va, pero ya no es lo mismo.
Las conversaciones se vuelven más cortas. Los temas, más seguros. Nadie se mete en terreno incómodo. Nadie pregunta de más. Como si todos supieran que hay algo ahí, pero mejor no tocarlo.
Lo curioso es que el cariño no desaparece.
Sigue estando.
Como el olor del asado que queda en la ropa al otro día.
Como esa forma de decirte “¿te acordás?” y que vos sepas exactamente de qué están hablando sin que te expliquen nada.
El problema nunca es la falta de amor.
Es el orgullo.
Ese orgullo chiquito, silencioso, que se mete en el medio y empieza a hacer su trabajo. Te convence de que no tenés que llamar. De que esta vez le toca al otro. De que no fue para tanto… o que fue demasiado.
Y mientras tanto, el tiempo hace lo suyo.
Pasa.
Siempre pasa.
Y cuando pasa, ya no importa tanto quién tenía razón.
Importa lo que no pasó.
El abrazo que se pateó.
La sobremesa que se evitó.
La risa que no se escuchó.
Porque llega un momento —no sabés bien cuándo— en que la cuenta cambia.
Y uno empieza a pensar menos en lo que le dijeron… y más en lo que se perdió.
Una tarde cualquiera, mirando una foto, escuchando una anécdota repetida o pasando por una casa que ya no es lo que era, aparece esa sensación incómoda.
Esa certeza.
Que valía la pena acercarse un poco más.
No para tener razón.
Para estar.
Porque al final la familia es eso: el único lugar donde te conocen completo. No la versión prolija, la real. La que se equivoca, la que se enoja, la que se cae y vuelve.
Y aun así, te sientan a la mesa.
Por eso, aunque cueste, aunque haya que tragarse alguna palabra, aunque dé bronca, siempre conviene dar un paso.
No hace falta un discurso.
A veces alcanza con un mensaje.
Con caer sin avisar.
Con sentarse otra vez.
Porque el tiempo no negocia.
Y entre tener razón… o tenernos,
YO ELIJO TENERNOS...


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