

Contigo pan, cebolla no.
Un relato sobre la terca resistencia de un hombre contra la cebolla, un enemigo alimenticio que lo persigue desde la infancia. Lo que comienza como el capricho de un niño criado bajo la indulgente cocina de su madre, se convierte en un pacto de amor familiar: un "teatro" diario donde finge comer de todo para que su hijo no herede sus mañas. Una historia entrañable sobre las pequeñas batallas cotidianas, la negociación en pareja y el sacrificio que se hace por amor a un hijo.
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¿En que momento me convertí en mi viejo?
Una mañana cualquiera. Trámites mínimos. Calor pegado a la nuca.
Un comentario al pasar en un negocio, un chiste en la carnicería, una charla breve que no cambia nada… salvo algo adentro.
De pronto, en el asiento del auto, aparece la revelación incómoda: estás haciendo exactamente lo que hacía tu padre. Hablando con desconocidos. Buscando sonrisas. Vistiéndote cómodo. Sin pedir permiso.
Lo que de chico te avergonzaba, hoy te sale natural.
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Cuando los hijos se van y uno queda mirando
Cuando los hijos se van, la casa cambia de sonido y de sentido. Lo cotidiano se acomoda distinto, el silencio se vuelve compañero y el amor se redefine. Reencontrarse en pareja y aprender a vivir sin el ruido de los hijos no es sencillo, pero puede ser el inicio de una etapa más calma, más sincera y más propia.
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El espejo ajeno
Una mañana cualquiera, frente al espejo, un hombre se encuentra con su reflejo ajeno. Ya no es el pibe de las figuritas ni el hijo de nadie, sino alguien que aprendió a vivir con la ausencia. Pero hay recuerdos que no se rinden. Mandarinas, mates y una esperanza sencilla: que los viejos vuelvan, aunque sea un ratito.
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Mis viejos no eran perfectos
Una historia íntima sobre el amor silencioso de dos padres que, sin discursos ni gestos grandilocuentes, enseñaron a su hijo que el verdadero cariño se encuentra en lo cotidiano: en una mirada, en un carraspeo, en la costumbre de buscar la mano del otro incluso en sueños.
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Los abrazos no van al freezer
Las peleas domésticas, a menudo por trivialidades, son tragedias silenciosas que desgastan los vínculos. El verdadero desafío no es la disputa en sí, sino la incapacidad de pedir perdón. Este acto, que debería ser natural, se evade, dejando un vacío más doloroso que el enojo inicial. La vida, como un colectivo que no espera, nos recuerda que no debemos guardar los abrazos, sino darlos a tiempo para evitar la pérdida irreparable de los momentos compartidos.
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Cumplo 57
Una carta íntima en la que un hijo, al cumplir 57, brinda por los ausentes: les habla a sus padres, agradece el legado que lo sostiene y reconoce en su familia presente la continuidad de esos gestos que no se apagan.
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