El azul de la memoria
- 12 mar
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Recién casados.
No llevábamos ni un año cuando, en 1994, juntamos unos pesos con una idea fija: comprar nuestro primer autito.
El plan era casi infantil, pero perfecto para nosotros. Le pedimos prestada la motito a Yasmin, la prima de Gra, y salimos a dar vueltas por la ciudad mirando autos estacionados.
Así nomás, sin agencias ni clasificados.
Como quien sale a ver qué le tiene preparado el destino en una tarde de sol.
Íbamos los dos en la moto, despacio, mirando los cordones como quien mira vidrieras.
Teníamos más proyectos que plata, pero el mundo parecía estar de nuestro lado.
Doblamos por Terrada y ahí estaba.
Azul.
Brillante.
Quieto contra el cordón, con un bidón arriba del techo: esa señal inequívoca de los que buscan dueño.
Era un Fiat 600 modelo 71.
Tenía veintitrés años encima, pero lucía impecable.
Nos miramos con Gra y no hizo falta decir mucho.
Nos habíamos enamorado.
Hablamos con el dueño, cerramos trato por 1.500 dólares y el fitito pasó a ser nuestro primer cómplice.
Con él fuimos a todos lados. Monte, la sierra, el mar y la montaña.
Eso sí: a ochenta kilómetros por hora, porque más rápido no iba ni con viento a favor.
En la ruta pasaba algo curioso.
Cuando nos cruzábamos con otro 600, nos saludábamos felices con un bocinazo o una mano levantada.
Éramos una pequeña cofradía de románticos.
En verano tenía su truco. Como el motor atrás tendía a levantar temperatura, le abría el capó y le ponía una maderita para que quedara un poco abierto, asegurada con un hilo.
Así el aire nos ayudaba a llegar.
A la playa íbamos con Molly, nuestra perrita. Era cachorrita y recorría el auto de punta a punta. Para ella, ese loft rodante era un palacio.
Un tiempo después llegó la hora de cambiarlo.
El plan de venta fue tan casero como la compra.
Un domingo fuimos a almorzar a lo de Lucy, dejé el Fiat estacionado en calle Brown, donde pasa más gente, con el bidoncito arriba y la dirección de mi suegra anotada.
Apenas nos sentamos a comer, sonó el timbre.
Era un señor pelado que lo miró un rato en silencio. Dio una vuelta alrededor del auto, apoyó la mano en el techo y sonrió.
—Es para mi hija. Voy a buscar la plata y vuelvo.
Y volvió.
Así de rápido el fitito cambió de manos.
Pero hay cosas que no cambian de dueño nunca.
Ese auto que uno compra recién casado pone la vida en marcha.
Ahí adentro quedaron discusiones chiquitas, risas largas y planes que todavía no sabían si iban a cumplirse.
Los años pasan, los autos cambian y las rutas también.
A veces, cuando veo pasar un 600 chiquito y redondito, con ese ruido inconfundible, vuelve todo.
Él quedó estacionado para siempre en algún lugar de la memoria.
Y, de vez en cuando, sin avisar… vuelve a arrancar.


Que grande el fitito!
Hermoso Pa!