Nuestro rector y el megáfono
- 5 feb
- 3 Min. de lectura

El profe no caminaba por el colegio.
Aparecía.
Como si hubiera estado ahí desde antes y recién en ese momento decidiéramos verlo.
Petiso, blanco como hoja nueva, pelado en el centro y con esos pelos blancos rebeldes a los costados, como si la cabeza se le hubiera rendido a medias. Ojos celestes, color cielo limpio.
De esos que no te retan: te miran como esperando algo bueno de vos.
Debía andar por los sesenta, pero tenía una energía rara, contagiosa. Atlético, inquieto, siempre un poco apurado, como si el día le quedara chico. Daba la sensación de que iba hacia algo importante, aunque nunca supimos bien qué.
Era rector.
Y profesor de gimnasia.
Y poeta.
Con un megáfono.
Salía al patio con el megáfono como otros salen con una guitarra: para decir algo que valía la pena escuchar. A veces hablaba de horarios, a veces de conducta, a veces de la vida. Nadie sabía exactamente qué iba a decir, pero todos escuchábamos. Porque él no ordenaba: invitaba.
Eso si, los desfiles no se negociaba.
Había que ir.
Y desfilar.
Y hacerlo bien.
Nos hacía formar figuras mientras marchábamos, como si el patio del colegio fuera, por unos días, el centro del mundo. Ensayábamos mucho. Más de lo que creíamos necesario.
Si alguien se equivocaba, no levantaba la voz.
Miraba.
Y en esa mirada había una mezcla de decepción y confianza que dolía más que cualquier reto.
Con las exhibiciones de gimnasia pasaba lo mismo.
Clavas, aros, trampolín, y ese aparato enorme de madera con acolchado arriba que daba más miedo que seguridad.
Nos hacía repetir.
Una vez más.
Otra.
Hasta que salía.
Hasta que salía como él sabía que podía salir.
Era exigente.
Muy.
Pero nunca injusto.
Algunos días —dicen— lo veían pasar por el pueblo con el colchón de su cama atado al techo de su auto, sacándolo a ventilar como si no hubiera nada más lógico que eso. Y, en su mundo, no lo había. Porque él vivía así: sin pedir permiso y sin explicar demasiado.
Escribía poemas.
Poemas hondos.
De esos que no buscan aplauso.
De los que escribe alguien que siente más de lo que dice.
Nos exigía.
Nos agotaba.
Nos sacaba de quicio.
Pero también nos cuidaba.
Sabía que éramos adolescentes.
Que hacíamos ruido, pero no teníamos maldad.
Que necesitábamos límites, sí, pero sobre todo alguien que creyera en nosotros incluso cuando nosotros no lo hacíamos.
Y como si todo eso no alcanzara, andaba por el pueblo en una moto chica… o en bicicleta. No nos acordamos bien. Lo que sí quedó claro es que cuando le exigieron que usara casco, decidió cumplir a su manera: se calzaba en la cabeza una lata grande de galletitas surtidas, de esas con visor.
Un casco muy él.
Una protesta sin gritos.
Una sonrisa hecha objeto.
Con los años nos enteramos de cosas que en ese momento no sabíamos.
Que había sido campeón argentino varias veces en saltos ornamentales.
Que había trabajado en el Teatro Colón haciendo gimnasia acrobática.
Y entonces todo cerró.
La obsesión por la forma.
La repetición hasta que saliera.
La idea de que el cuerpo también dice cosas.
Que moverse bien no era solo hacerlo correcto, sino hacerlo con belleza.
El profe no nos entrenaba para desfilar.
Nos estaba enseñando a pararnos en el mundo.
Por eso no gritaba.
Por eso convocaba.
Por eso parecía estar siempre saliendo a escena, incluso en el patio de un colegio.
Hoy, cuando lo recordamos, no hablamos solo del rector.
Hablamos del tipo del megáfono.
Del colchón al viento.
Del casco de lata.
Del poeta.
Del profe...
Un loco lindo.
De esos que te entrenan para la vida sin decirte que lo están haciendo.
Gracias profe…


Comentarios