La vida que quedó
- 26 mar
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Ana se despierta a las seis.
El cuerpo llegó primero que la memoria.
Durante unos segundos mira el techo sin moverse.
El hábito todavía cree que hay algo que hacer.
Algo urgente.
Algo que depende de ella.
Después recuerda.
No hay respiración que vigilar.
No hay frazada que acomodar. No hay reloj marcando las tres de la mañana.
La casa está en silencio.
Un silencio distinto.
Se queda sentada en la cama un momento. El cuerpo todavía quiere levantarse y caminar hasta la habitación de al lado.
Durante meses fue así.
Despertarse, escuchar, esperar un sonido.
Ahora no hay nada.
El silencio es completo.
Se levanta igual.
Camina por el pasillo despacio.
La puerta de la habitación está entreabierta.
La empuja.
La cama hospitalaria ya no está.
Se la llevaron hace unos días.
El espacio que ocupaba quedó marcado en el piso, como una huella pálida.
La habitación parece más grande.
En la cabecera siguen las dos fotos.
La de sus padres en la playa. La de ella con coletas y una sonrisa llena de brackets.
Ana se queda mirándolas.
No siente un golpe de tristeza como imaginaba. Lo que siente es otra cosa. Algo más raro.
Un cansancio que todavía no se fue.
Durante meses vivió pendiente de un sonido.
Ahora su oído sigue esperando.
Pero no llega nada.
Va hasta la ventana.
La mañana está empezando a aclarar. Un colectivo pasa por la esquina. Un vecino abre la puerta de su casa.
La vida sigue funcionando con una naturalidad que casi resulta ofensiva.
Ana vuelve al living.
El sillón está otra vez en su lugar.
Durante semanas había estado arrastrado al lado de la cama. Era su puesto de guardia.
Ahora parece simplemente un sillón.
Se sienta.
Mira alrededor.
La casa está ordenada, limpia, tranquila. Como siempre lo estuvo.
Durante el día vendrá la misma mujer que venía como acompañante. Pero ahora no viene a cuidar a nadie. Vendrá a ayudar a ordenar algunas cosas, a decidir qué hacer con los remedios que quedaron, con los papeles, con la cama que falta.
Ana apoya los codos en las rodillas.
Respira.
El silencio de la casa ya no pesa igual.
Es un silencio más amplio.
Como si alguien hubiera abierto una ventana invisible.
Se levanta y va hasta el baño.
Se mira en el espejo.
Hace mucho que no se miraba con tiempo.
Treinta y cinco años.
El pelo recogido rápido. Ojeras leves. La cara todavía bonita, aunque cansada.
Durante mucho tiempo fue hija, enfermera, guardiana de la noche.
Ahora no sabe muy bien qué es.
Se lava la cara.
El agua fría la despierta un poco más.
En la cocina pone la pava.
El sonido del agua calentándose llena la casa.
Mientras espera, camina otra vez hasta la habitación.
Las dos fotos siguen ahí.
Las mira un momento más.
Después toma la foto de sus padres.
La acomoda un poco mejor.
La de las coletas también.
La sonrisa con brackets sigue siendo enorme.
Ana apaga la luz de la habitación.
Cierra la puerta con suavidad.
Vuelve a la cocina.
El agua ya está lista.
Se sirve un mate.
Se sienta junto a la ventana.
El sol empieza a entrar despacio.
La casa respira distinto.
Ana también.


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