La guerra del postre (y la villanía de Laly)
- 14 nov 2025
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Actualizado: 17 nov 2025

En casa éramos seis hermanos: cuatro varones y dos mujeres.
Un ejército.
Literalmente.
Papá era militar, mamá ama de casa, y la mesa familiar era un campo de batalla disfrazado de sobremesa.
La Coca-Cola era diplomacia internacional.
El postre, oro puro.
Si aparecía un flan, la ONU se quedaba corta.
Gelatina, directamente era la Guerra Fría.
Ahí arrancaban los movimientos estratégicos: cucharas en alto como bayonetas, codazos camuflados, miradas de reojo que eran misiles nucleares.
Pero nadie, NADIE, tenía la malicia refinada de Laly.
Nosotros, los demás, atacábamos como salvajes.
En cinco minutos ya no quedaba nada ni en los platos ni en la dignidad. Éramos bárbaros: ansiedad pura con olor a caramelo quemado.
Pero Laly no.
Laly era táctica pura.
Se tomaba un sorbito de Coca cada cinco minutos, como si hidratara a un bonsái.
Si había flan, lo rodeaba con la cuchara como un forense con guantes de látex.
Y cuando nosotros ya estábamos relamiendo cucharas vacías, con la panza inflada y la mirada perdida, ella recién arrancaba.
—Mmmmmm… —decía, con esos ojos de bruja adorable, y clavaba la cuchara como un verdugo con toda la calma del mundo.
Era una provocación obscena. Dolía más que un chancletazo con suela de goma.
Y mientras nosotros la mirábamos famélicos, como perros atados mirando un asado, ella se relamía.
Mamá, siempre ingenua, intentaba justificarse:
—Déjenla, come lento porque es señorita.
¡Mentira!
La verdad era otra: Laly era perversa. Una genia del mal.
La villana de Disney que no necesitaba dragón, porque tenía flan.
Nosotros éramos tropa de conscriptos con hambre.
Ella, la Napoleona del postre.
La única que podía derrotar a seis estómagos con una sola cucharita.


Jaja buenísimo Genia Lalita