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La distancia hasta el banco

  • 8 feb
  • 2 Min. de lectura

Caminar, para mí, dejó de ser un verbo sencillo.

Antes era una cosa automática: salías, dabas unos pasos, el cuerpo acompañaba y listo.

Ahora no.

Ahora caminar es una cuenta regresiva.

Es mirar la vereda y calcular mentalmente dónde hay una sombra, un banco, un paredón bajo.

Caminar es administrar el dolor como quien raciona agua en el desierto.

Todo empezó con unos granitos mínimos, casi una broma.

Herpes zóster, dijeron.

Nada grave, dijeron.

Pero lo importante —ya lo aprendí— casi nunca se ve.

El virus entró callado y se fue llevando algo por dentro.

El ciático.

Ese nervio largo, largo como una mala noticia.

Dicen que lo “descarnó”.

La palabra es exacta y brutal.

Desde entonces, hay días en que siento que me clavan un hierro al rojo en la pantorrilla izquierda.

No un dolor elegante, no un dolor digno: un dolor bruto, seco, que te deja sin aire y sin ganas.

Neuralgia postherpética.

Nombre técnico para algo que te parte al medio.

Uso una rodillera que me aprieta el gemelo, como si así pudiera convencerlo de quedarse quieto.

A veces funciona.

A veces no.

Los calambres llegan sin avisar, como un recordatorio de que el cuerpo también puede traicionar en cualquier esquina.

Mi familia me dice que camine.

Que me hace bien.

Que afloje.

Gra y Leo aman caminar.

Caminan como quien conversa con la vida.

Y creen —lo sé— que yo no quiero acompañarlos.

Que me hago el remolón.

Que prefiero quedarme.

No entienden que yo sí quiero.

Lo que pasa es que, cuando salgo, no miro el paisaje: miro las distancias.

No disfruto la charla: cuento pasos.

No pienso en volver: pienso en dónde parar.

Es difícil explicar que uno no se queda por comodidad, sino por miedo.

Miedo a quedarse duro en mitad de la cuadra.

Miedo a tener que sentarse en cualquier escalón con la dignidad hecha un bollito.

Miedo a que el dolor te deje seco delante de los que querés, sin poder disimular.

Hay días en que los veo alejarse, charlando, riéndose, y me quedo atrás.

No porque no los quiera.

Todo lo contrario.

Me quedo porque no quiero ser una carga, ni un freno, ni el tipo que arruina el paseo.

Y ahí aparece lo peor: esa culpa silenciosa, chiquita, que no grita pero pesa.

La de querer estar y no poder.

La de amar el movimiento ajeno desde la quietud forzada.

Caminar, para mí, ya no es avanzar.

Es resistir.

Es medir.

Es aprender, a los golpes, que a veces el cuerpo se convierte en un territorio ajeno.

Y aun así, cuando los veo volver, cansados y felices, sonrío.

Porque aunque el dolor me haya robado las piernas, todavía no pudo llevarse eso otro:

las ganas de estar.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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