Ese otro lado donde nos reconocemos
- 26 nov 2025
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La muerte, para los que creemos, nunca es solo ausencia.
Es un temblor en el alma: duele porque se va alguien querido, y al mismo tiempo trae esa certeza callada de que no caminó hacia la nada, sino hacia un lugar más liviano, donde el cuerpo deja de pelear y el espíritu respira sin peso.
La fe, en estos momentos, hace lo suyo.
No evita el golpe, pero nos sostiene mientras lloramos.
Nos recuerda que esto no es clausura, sino frontera.
Y que del otro lado —como uno necesita imaginar— esperan manos conocidas.
A veces alcanza con esa intuición que aparece bajito: no la perdimos, cambió de casa.
Y con eso uno sigue.
Los creyentes solemos pensar en el reencuentro sin adornos: nada de trompetas, nada de cielos abriéndose.
Apenas ese gesto sencillo de reconocer a alguien querido después de años y decirle: “¿Viste que al final era cierto?”
La reconocemos.
Nos reconoce.
Y el abrazo que acá se nos negó por el apuro y la vida, allá se da sin reloj.
Acá, mientras tanto, queda el hueco en la mesa, la anécdota que ahora duele un poquito más, el gesto que vuelve sin avisar.
Pero la fe convierte esa punzada en gratitud: por lo vivido, por lo compartido, por la huella.
La ausencia tiene formas raras de hacerse notar.
No golpea: respira.
Entra en la casa como un perfume olvidado, aparece en la manera en que alguien acomoda una silla o deja un mate sin darse cuenta de que falta una mano más.
En esos detalles, la fe se vuelve conversación íntima, no sermón.
También ilumina.
Te obliga a revisar lo dicho y lo callado, y ahí nace una ternura inesperada: mirá todo lo que compartimos sin darnos cuenta.
Y duele, sí, pero también acaricia.
Y uno imagina que en ese “más allá” las cosas se ordenan sin esfuerzo: se guardan los dolores, se sueltan las broncas, y los que se fueron nos miran con un cariño que acá a veces nos cuesta por pudor o rutina.
Lo más difícil suele ser la mesa: ese lugar vacío que se agranda.
Pero incluso ahí la fe susurra que la muerte no borra; transforma.
Que el amor cotidiano —el real, el que se ejerció sin discursos— no desaparece: cambia de forma, se vuelve presencia chiquita pero nítida.
Memoria viva.
Con los días, cuando la casa vuelve a su ritmo, la presencia se achica y se afina.
Aparece en una frase, en una costumbre, en la manera en que preguntaba “¿cómo estás?” de verdad.
A veces pienso que Dios trabaja así: con guiños. No con milagros, guiños.
Miguitas de sentido para el que busca consuelo.
La tristeza se acomoda.
No se va —no se va nunca del todo—, pero aprende a convivir.
Y lo que duele empieza a enseñar.
Porque amar también es despedir, y cada despedida nos recuerda lo que sigue en pie: los afectos vivos, las risas que quedan, los abrazos que todavía podemos dar.
Y en ese gesto humilde —un mate compartido, un silencio acompañado, un “ya va a pasar”— aparece la esperanza.
No la ruidosa, sino la pequeña.
Miramos hacia arriba, ya no para pedir respuestas, sino compañía.
Pensando que, cuando llegue nuestra frontera, alguien también va a decir nuestro nombre con la misma claridad con la que hoy la recordamos a ella.
Y entendemos que dolor y fe pueden convivir.
Que llorar no contradice creer.
Y que los que se van, de una forma que no sabemos explicar, siguen haciéndonos un lugar.


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