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¿En que momento me convertí en mi viejo?

  • 25 feb
  • 2 Min. de lectura

Salí a la mañana vestido sin pensar demasiado.

Bermuda, camisa de mangas cortas. Ropa de calor. Ropa cómoda.

Ropa… de mi viejo, pensé después.

Tenía que hacer de todo un poco: compras, retirar una encomienda, hacer colocar un espejo.

Trámites chicos, de esos que no figuran en ningún recuerdo importante, pero que llenan las mañanas.

Hacía calor, ese que te pega en la nuca y te baja la paciencia.

Entré a un negocio y la chica que atendía tenía esa cara neutra, mitad aburrimiento, mitad cansancio.

Le dije algo, una pavada, un comentario al pasar.

Sonrió.

No una sonrisa grande, pero sí honesta. Dos frases más y ya estábamos charlando. Nada profundo. Nada necesario.

Pero humano.

En la carnicería fue igual.

Un chiste, una observación inútil, un intercambio mínimo que no cambia el mundo pero lo hace un poco más habitable.

Pagué, saludé y salí.

Me senté en el auto, cerré la puerta, y me cayó encima.

Mi viejo.

Hacía exactamente eso.

Hablaba con todo el mundo.

Bromeaba.

Comentaba el clima, el precio de la carne, la vida.

Se vestía cómodo, sin pedirle permiso a la moda ni a nadie.

Y yo, de chico, me moría de vergüenza.

Quería que se callara.

Que pagara rápido.

Que no llamara la atención.

Que no fuera tan… él.

En el asiento del auto me miré las piernas, la camisa, las manos apoyadas en el volante.

No hubo un día. No hubo un momento exacto. No fue una decisión.

Un día simplemente te encontrás hablando con desconocidos, buscando sonrisas ajenas, vistiendo la comodidad de alguien que ya no necesita demostrar nada.

Y entonces te preguntás, bajito, casi con culpa:

¿En qué momento me convertí en mi viejo?

La respuesta no llega.

Solo queda ese nudo raro en la garganta.

Esa mezcla de ternura, nostalgia y una tristeza mansa.

Y también, aunque cueste admitirlo, un orgullo silencioso.

Capaz crecer era esto.

Apoyé la espalda en el asiento.

El calor seguía ahí.

La mañana también.

Afuera alguien cruzaba la calle cargando bolsas.

Encendí el auto.

Antes de arrancar, miré el espejo retrovisor.

Por un segundo, la expresión me resultó conocida.

Sonreí.

Y salí hablando solo sobre el calor.


2 comentarios

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Hernán
12 mar
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Puedo sumar el levantarse temprano los domingos?

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Raul
13 mar
Contestando a

Ja,ja,ja, siii esa es otra!

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

2026 Raúl Oscar López - Todos los derechos reservados.

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