El método infalible de Teresa
- 2 dic 2025
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En cada destino al que nos llevaba la profesión de papá, mamá buscaba su ejército personal: una mujer que le diera una mano en la casa porque, pobre, sus huesos siempre la hacían renegar. Y cada una de esas mujeres —chicas jóvenes, señoras de carácter, veteranas sabias— venía con su propio manual de instrucciones sobre cómo se debía vivir.
En Despeñaderos, Córdoba, se apareció Teresa, una cordobesa recia, de esas que no te sonríen mucho pero cuando lo hacen te arreglan el día entero. Llevaba el delantal como quien porta una bandera y tenía esa manera tan suya de poner orden sin levantar la voz: una mezcla rara entre maestra jardinera y sargento del Ejército.
Una tarde, mientras mamá preparaba la mesa y nosotros andábamos a los manotazos por vaya a saber qué disputa épica —el pan con dulce, un autito de plástico, o simplemente el honor familiar—, Teresa frenó el temporal con un suspiro largo, de esos que ya vienen con sentencia.
Mamá, resignada, le dijo:
—Estos chicos se van a matar algún día, Teresa.
Y ahí la mujer, con una naturalidad que ya quisiéramos para afrontar la vida adulta, le respondió:
—¿Sabe lo que hago yo, doña Margarita, cuando se pelean mis hijos?
Mamá levantó las cejas, lista para recibir alguna táctica de mediación avanzada, quizá un consejo de crianza heredado de abuelas sabias de las sierras.
—No, Teresa. ¿Qué hace?
Y la cordobesa, sin parpadear siquiera, lanzó su teoría pedagógica revolucionaria:
—Les hago olfatearse el culo entre sí.
—¿Cómo? —preguntó mamá, horrorizada y fascinada en partes iguales.
—Sí, sí. Eso mismo. Y santo remedio —remató con orgullo profesional—. Se termina la pelea y por mucho tiempo se cuidan de volver a pelear.
Mamá quedó muda. Nosotros también, pero más por la imagen mental que por obediencia. Esa frase quedó clavada en el aire como un cuadro de familia: Teresa explicando su método y mamá tratando de entender si era un chiste, una tradición cordobesa o simplemente la desesperación creativa de una madre que ya lo había intentado todo.
A partir de ese día, cada vez que alguno de nosotros levantaba la voz más de la cuenta, mamá no tenía ni que hablar: nos miraba nomás… y la sombra de Teresa, como una leyenda urbana doméstica, nos caía encima.
Nunca llegó a aplicarlo, claro. Pero qué poder disciplinador tienen algunas frases bien dichas.
Y así, en la historia familiar, entre mudanzas militares, platos que suenan y hermanos que se adoran a los empujones, quedó para siempre el método infalible de Teresa.
Uno que nadie quiere comprobar, pero que —por las dudas— todos respetamos.


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