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Cultivar amor

  • 21 ene
  • 3 Min. de lectura

Gra no tiene mano verde.

Tiene un don.

Lo de ella con las plantas no es un gusto: es una relación seria, de largo aliento, con compromiso y reincidencia. Va por la vida buscando la que le falta. Porque siempre falta una. Aunque no entre. Aunque no haya dónde ponerla.

Aunque la casa ya parezca una sucursal clandestina del Jardín Botánico.

Tiene una palita y una tijera en la cartera. No “por las dudas”.

Por convicción.

Nuestra casa es una selva organizada. Plantas colgantes, en macetas, en tierra, en canteros, en la pared. Afuera, adentro, en la escalera, sobre las mesas, en el baño, en la ventana. Donde haya luz… o donde ella crea que puede haberla.

Algunas sobreviven. Otras agonizan con dignidad. Pero todas son queridas como hijas.

Supongo que a muchas mujeres les gustan las plantas.

Pero Gra lo lleva a otro nivel.

Nivel Dios.

Mamá era igual y en casa pasaba lo mismo. Plantas por todos lados. Macetas ocupando rincones improbables. Ese desorden vivo que no molesta porque respira.

Era de esas personas que no podían ver una planta sola, abandonada o fuera de lugar.

Siempre había una que “se podía traer”.

De Curuzú Cuatiá volvimos más de una vez con plantas en el techo del auto.

Literal. Atadas como se podía, con cuidado y fe.

Nadie discutía demasiado. Era parte del viaje. Parte de la familia.

Cuando recién nos casamos volvíamos de un viaje a Curuzú.

Paramos al costado de la ruta porque ella había visto algo. Bajó en ojotas, feliz, a buscar unas plantitas y una hormiga roja le picó el dedo gordo del pie.

Al principio seguimos viaje como si nada.

Cinco minutos después, el pie empezó a hincharse.

Después las manos.

Después la cara.

Entré en pánico y salí en un rally improvisado con el Super Europa, preguntando en estaciones perdidas, caminos de tierra y casas sueltas, hasta dar con una enfermera en medio de la nada. Una santa. Le aplicó un corticoide, la sentó a esperar y nos salvó el viaje.

Gra, inflada pero tranquila, con las plantitas a salvo, sonreía como quien cumplió una misión.

Descubrí, en ese orden, que Gra era alérgica… y que ni una reacción alérgica en expansión iba a hacerla soltar las plantas.

Otra historia del mismo género: riesgo asumido, planta rescatada.

Desde entonces, en el baúl del auto viaja una pala.

No para emergencias.

Para oportunidades.

Si pinta sacar una grande, se saca. Con criterio, con respeto… y mirando rápido para los costados.

Es una artista del robo de gajitos. En restaurantes, en consultorios, en salas de espera. Profesional. Sin violencia, sin culpa. Un corte limpio, discreto, quirúrgico.

Nadie se da cuenta. Las plantas sí.

Y agradecen.

Pero lo de Iguazú fue épico.

Excursión. Cataratas. Carteles enormes diciendo que está prohibidísimo tocar las plantas. Y ella, obediente… hasta cierto punto. En el colectivo volvió con un contrabando vegetal digno de película: gajitos envueltos en diario mojado, escondidos bajo camperas, como si fueran criaturas frágiles cruzando una frontera hostil.

Qué viaje fue ese.

Sus macetas también merecen capítulo aparte. Cualquier cosa sirve si tiene voluntad de contener vida: vasos, baldes, botellas, cajas, mates rotos.

Todo lo que otros descartan, ella lo convierte en hogar.

Como si supiera que crecer no depende del envase, sino del cuidado.

A veces la miro regar, hablarles bajito, moverlas de lugar, probar con una luz distinta, cambiarles la tierra como quien acomoda una almohada.

Y entiendo que no son solo plantas.

Es herencia.

Es lenguaje.

Es una manera de querer que se transmite sin darse cuenta.

Porque Gra no colecciona plantas.

Colecciona futuros.

Y yo, que no sé distinguir un potus de un ficus, aprendí algo mirándola: que amar también es eso.

Regar todos los días.

Esperar.

Volver a intentar.

Usar lo que haya a mano para que el otro crezca.

Aunque pinche.

Aunque pique.

Aunque esté prohibido.

Y cuando la casa está en silencio, de noche, con esa humedad suave que dejan las plantas recién regadas, pienso que si alguna vez nos falta todo… mientras quede una maceta viva, Gra va a encontrar todos los días la forma de seguir.

Y yo, de seguirla.

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Gra
21 ene
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Jaja esa soy yo.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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