Contigo pan, cebolla no.
- 14 abr
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Mi guerra con la cebolla empezó temprano.
Tan temprano que ya no recuerdo haber estado en paz con ella.
No sé si es la textura, el sabor o el olor.
O todo junto.
La mordés y hace un ruido raro. El gusto se queda dando vueltas.
Y el olor… el olor te sigue.
Yo tengo una idea medio tonta: si algo te hace llorar, mucho no puede ayudarte.
Igual, para ser sincero, no todo es culpa mía.
En casa, mamá preguntaba qué queríamos comer.
A cada uno.
Y éramos seis.
Había opciones, sí, pero no era raro que hubiera dos o tres comidas distintas sobre la mesa.
En las mías nunca estaba la cebolla. Ahí no negociaba. Tampoco la acelga ni el morrón.
Y así fui creciendo.
Milanesas con puré. Empanadas con pasas de uva. Pizzas. Fideos sin tuco.
—Mamá, ¿qué comemos?
—¿Qué tenés ganas de comer?
Y con esa sonrisa, ya estaba todo resuelto.
Durante años pensé que el mundo funcionaba así.
Hasta que me fui de casa buscando otras comidas.
Y apareció Graciela entonces supe que la guerra iba a ser larga.
Porque a ella le encanta la cebolla.
Y se propuso que a mí me gustara.
Me la hizo probar de todas las formas posibles.
La preparaba cruda, salteada, rehogada, dorada, caramelizada, frita...
Siempre estaba.
En el primer bocado.
En ese brillo apenas transparente.
En ese gustito que no se va.
Le puso empeño, vaya que si.
Ella había crecido distinto.
Según contaba Lucy, si no le gustaba algo, el plato volvía más tarde.
Y después otra vez.
Hasta que el hambre decidía.
Cuando nació Leo, hicimos un pacto que yo iba a hacer como que comía de todo.
Para que él no copiara mis mañas.
Funcionó.
Al principio era puro teatro.
Amagaba con llevarme la comida a la boca… y en ese mismo movimiento, desaparecía.
Abajo estaba Molly, siempre atenta.
Ligaba todo.
Era un trabajo en equipo.
Devoraba lo que le daba bajo la mesa.
Y, no sé cómo hacía, pero mantenía la línea.
Leo miraba. Aprendía. Y comía.
Con el tiempo se hizo costumbre.
Ahora él come lo que le pongas.
El problema es que llega un momento en que no podés seguir actuando.
Porque se dan cuenta y hubo que decirle la verdad.
Que no me gusta la cebolla.
Que no es un capricho.
Es una guerra.
Y a esta altura… ya estamos grandes para firmar la paz.


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