top of page

Y sabe mi nombre...

  • 10 ene
  • 4 Min. de lectura

Actualizado: 12 ene

Aquella noche el calor no era solo calor.

Era un peso.

Algo espeso que se te apoyaba encima y no se movía.

El aire en Curuzú, ese barrio militar donde las casas parecían vigilarse unas a otras como soldados de yeso, estaba cargado, pegajoso, a punto de romperse.

Había algo enfermo en ese calor.

El cielo parecía tener fiebre.

Cuando esto sucedió, tenía trece años.

Mi viejo estaba en maniobras con la unidad.

Había dejado atrás sólo su silueta y el eco de sus pasos.

Mis hermanos mayores tampoco estaban.

Vaya uno a saber en que asuntos de polleras andaban…

En la casa solo quedábamos los que respirábamos bajito: mamá, Laly, Jorge, Paola —apenas un bebé dormido en la cuna— y yo.

Los que quedaban cuando los grandes no estaban.

Estábamos en la galería del frente, buscando una brisa que no llegaba nunca.

Del otro lado de la calle, en la cancha del club, jugaban un partido bajo un solo reflector.

El otro, el más cercano al salón, estaba apagado.

En el borde donde esa luz moría se formaba una penumbra rara, densa.

El aire ahí no quería moverse.

La vimos.

Era una nena.

O eso parecía a primera vista.

Pequeña, seis o siete años, parada justo donde la luz se terminaba.

Inmóvil.

Primero pensé en la hora.

Después en lo obvio: qué hacía una nena ahí, sola, de noche.

Llevaba un vestido floreado de mangas cortas, gastado, lavado demasiadas veces. Pero había algo raro en esas flores: parecían marchitarse mientras las miraba, como si la tela misma se pudriera en tiempo real.

En una mano sostenía un carrito de plástico, de esos baratos, con ruedas que siempre hacen ruido.

Dentro del carrito había algo redondo, mi mente de chico desesperada por aferrarse a lo normal pensó: "Es una pelota".

No.

Era algo más pesado.

Algo que había sido otra cosa antes.

Algo con pelo pegado al plástico sucio.

La nena miraba el partido.

O parecía mirarlo.

No se movía.

Ni cuando gritaron un gol.

Su cabeza era demasiado grande.

No estaba deformada: estaba hinchada.

Llena de presión.

Tenía pocos pelos, finos, casi transparentes.

No había viento, pero flotaban. Giró la cabeza. Despacio. Tan despacio que juro que escuché el crujido de su cuello.

No nos miró.

Nos vio.

Nos reconoció.

Sus ojos —si es que eran ojos— eran pozos.

Vacíos, pero atentos.

Una conciencia vieja.

La boca, una línea fina, se curvó apenas.

No era una sonrisa. Era algo peor: un gesto de satisfacción.

La abrió. No lo hizo para hablar sino para mostrar.

Adentro no había dientes de niña.

Había algo negro.

Algo que se movía.

Y de ahí salió un sonido.

Apenas un suspiro.

Lo escuché claro, pegado al oído: mi nombre.

—Ra…úl…

El miedo llegó como un puñetazo en la nuca.

No era el miedo de las pesadillas, ese que se desvanece con la luz del día.

No.

Este era el miedo de verdad, el que te agarra las tripas y te empuja con manos heladas, el que te dice que corras y te recuerda que no sirve de nada, que ya te vio, que ya sabe dónde vives, dónde duermes, dónde eres débil. El miedo que te hace entender, con una claridad horrible, que hay cosas peores que la muerte.

No sé quién gritó primero.

No sé quién corrió primero.

Pero de pronto éramos un nudo de cuerpos tropezando hacia la puerta, la galería abandonada como si el mismísimo diablo estuviera pisándonos los talones. La puerta de casa se cerró con un portazo que aún resuena en mis huesos, un sonido que parecía sellar algo más que madera contra marco.

Pero las puertas no sirven contra lo que habíamos visto.

Las puertas son para los vivos.

Entramos agitados y en silencio, escuchando nuestros latidos.

Nadie habló.

Y ahí se escuchó el llanto.

Un llanto de bebé.

Era un llanto de bebé, sí, pero había algo roto en él, algo que no encajaba con el sonido de la vida. Era de algo que sabía cómo llorar como un bebé.

Algo que lo había aprendido. Salía de una garganta gastada. Paola respiraba tranquila en brazos de mamá.

Ese llanto no era de ella.

Venía de la ventana.

Nadie miró. Nadie se movió.

Nos abrazamos más fuerte, deseabamos hundirnos los unos en los otros y desaparecer. Apreté los ojos hasta que vi manchas rojas, pero no podía dejar de escuchar.

Entre los sollozos, había algo más.

Un arrastre.

Un roce lento, metódico, pero no era solo eso.

Había un peso en ese sonido.

El arrastre se acercaba.

Paso a paso.

Rueda a rueda.

Hasta que se detuvo justo bajo la ventana.

El llanto cesó.

Y en el silencio que siguió, escuché algo peor: una respiración.

Pesada.

Trabajosa.

—Tengo frío… (pausa)

—¿No me vas a abrir?

La voz cascada resonó en el cuarto. Laly ahogó un grito. Mamá le tapó la boca con la mano. Jorge se quedó duro, mirando la pared. Sentí el olor ácido mezclándose con el miedo. Alguien se había orinado encima. Golpes.

Suaves. Insistentes.

—Abrime. Otro golpe.

—Abrime… Más fuerte.

—No seas malo.

No podía dejar de mirar la cortina.

La sombra se marcaba clara.

Chica.

La cabeza grande.

El carrito.

Algo empezó a rodar dentro.

De un lado al otro.

—Vos me viste. (pausa larga)

—Ahora… Unas uñas rasparon el vidrio. No eran pocas. Ni cortas.

—Ahora quiero verte yo. Dale, abrime...

Esperamos toda la noche así.

A veces volvía el arrastre.

A veces el llanto.

A veces mi nombre, dicho desde distintos lugares, como si no estuviera sola.

Cuando salió el sol no había nada.

Ni marcas.

Ni huellas.

Solo un surco en la tierra, bajo la ventana.

Dos líneas finitas.

Y al final, una manito de plástico, de muñeca, con algo seco y oscuro pegado a los dedos. Nunca volvimos a la galería de noche.

Nunca hablamos de eso, ni entre nosotros ni con nadie.

Creíamos que decirlo en voz alta podía traerlo de nuevo.

Hoy después de tantos años cuando hay noches de calor pesado, me despierto con la sensación de que alguien está parado del otro lado de la ventana.

Sosteniendo algo redondo.

Algo que no es una pelota.

Y a veces, cuando el silencio es total, todavía escucho el arrastre.

Lento.

Paciente.

Creo que lo que vimos esa noche no pasó.

Se quedó esperando.

Y sabe mi nombre.


4 comentarios

Obtuvo 0 de 5 estrellas.
Aún no hay calificaciones

Agrega una calificación
Invitado
11 ene
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Muy bueno Emilio!!!

Me gusta

Invitado
11 ene
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

El miedo y la intriga aún perdura

Me gusta

Leo
10 ene
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Increíble, me mantuvo enganchado de principio a fin. El relato te atrapa por su narración del ambiente y te transporta a ese momento tétrico. Como fanático del terror, le doy 5 estrellas.

Me gusta
Invitado
11 ene
Contestando a

Gracias, hijo. Me alegra de verdad que te haya atrapado y que hayas sentido el clima. Si alguien tan fan del terror llega hasta el final, misión cumplida.

Editado
Me gusta
Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

2026 Raúl Oscar López - Todos los derechos reservados.

bottom of page