No respire… ahora sí, respire.
- 13 ene
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Se llama Claudio.
Tiene 43 años, calvicie incipiente, voz grave, y un aura de tipo que podría arreglar un televisor con una pinza y dos sopapos.
Es técnico en radiología, pero en realidad, es el director de cine del hospital.
Dirige cuerpos, posturas, tiempos.
Dice “quietito ahí” con la autoridad de un general soviético.
Claudio no habla mucho.
Pero cuando habla, lo hace con pocas palabras y con tono justo.
– “Póngase de perfil.”
– “No respire.”
– “Listo.”
– “Chau.”
La mayoría de los pacientes no le ve bien la cara.
Porque él siempre está detrás del vidrio.
Porque el delantal de plomo le da pinta de alien que cuida del reactor nuclear.
Y porque nunca se toma más de 15 segundos en su arte.
Pero adentro, Claudio ve cosas.
No sólo huesos y pulmones.
Ve gestos.
Ve miedo.
Ve gente que aprieta los dientes antes del “clic”.
Ve ancianos que tiemblan.
Ve jóvenes que no entienden para qué los mandaron ahí.
Y aunque no le corresponde, a veces se le escapa:
– “¿Esto es por control o por síntoma?”
– “¿Hace cuánto tiene ese dolor?”
– “¿Le duele al respirar?”
No debería preguntar, lo sabe.
Pero hay días que se le mezcla el oficio con la compasión.
Una vez una señora se quebró en la camilla.
No el hueso.
El alma.
Claudio apagó la máquina, le alcanzó un vaso de agua, y dijo:
– “Quédese sentadita. El estudio puede esperar. Usted no.”
Tiene fama de frío.
Porque no sonríe.
Porque no le gusta el mate de todos.
Porque cuando se rompe la impresora de placas, gruñe.
Pero los médicos lo respetan.
Porque sus tomas siempre salen bien.
Y porque cuando alguien no coopera, él lo acomoda con paciencia y firmeza de padre primerizo.
Claudio sabe que su trabajo es fugaz.
Nadie lo recuerda.
Nadie le agradece.
Los pacientes lo ven diez segundos y después corren a mostrarle la placa a otro.
Pero él se queda.
En su cueva plomada.
Apretando botones, ajustando cuerpos, y repitiendo su mantra diario:
– “No respire…”
(pausa)
– “Ahora sí, respire.”


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