No hay silencio que la aguante
- 24 oct 2025
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Hay personas que uno siente llegar antes de verlas.
Ella, por ejemplo.
Se anticipa.
Como una tormenta eléctrica o una carcajada que viene subiendo desde el pasillo.
Si hay silencio, lo rompe; si hay orden, lo agita; si hay un plan, lo acelera.
Vive en modo “¡ya!”.
No conoce la palabra “después” ni el concepto de “calma”.
Nació para ser urgente.
Los regalos de cumpleaños los entrega una semana antes —porque no soporta esperar—, y las sorpresas las arruina sola, de ansiosa que es.
“No me aguantaba más”, dice, con una sonrisa que desarma cualquier reproche, como si el entusiasmo fuera una enfermedad crónica que no piensa curarse.
Tiene tres gatos, un corazón con más energía que una batería de auto y un TOC que haría sonrojar a una enfermera de quirófano.
Su departamento brilla como si fuera una sala de operaciones: limpia cortinas, zapatillas, toallas y hasta las bolsas del supermercado.
Y si le sobra tiempo —que no le sobra nunca—, pone otra tanda en el lavarropas, por las dudas.
Se perfuma todo el tiempo.
No con esas colonias baratas que huelen a colectivo a las seis de la tarde, no.
Con perfumes de verdad, de los que dejan estela. Pasa y el aire se queda con su firma.
Un aroma elegante, cálido, que llega antes que ella, como si avisara: “Atención, acá viene el huracán con rímel”.
Habla, ríe, cuenta, interrumpe, comenta, opina, vuelve a reír.
Si la pusieras debajo del agua, haría burbujas de palabras.
Y no pequeñas: con argumento, moraleja y remate.
En la oficina, su presencia se mide en decibeles y en sonrisas.
Entra como un corso por Avenida Colón, repartiendo chistes, abrazos y migas de medialuna.
No hay día gris que le dure más de dos minutos.
“¿Qué hacés con esa cara?”, te pregunta, y antes de que contestes ya te está haciendo reír sin permiso.
Yo siento que el mundo necesita más gente así: de las que no saben quedarse quietas ni tristes.
De las que te sacuden la modorra del alma.
De las que te hacen sentir que la vida —aunque venga a los tropezones— sigue siendo un carnaval.
Tiene esa rara habilidad de desarmar la tristeza con una risa, y de convertir cualquier martes en una fiesta improvisada.
Y cuando se va, queda un pequeño silencio flotando, un eco de perfume y de risa en el aire.
El tipo de silencio que no es vacío, sino huella.
Una huella alegre, insistente, como si en algún otro lado —tal vez a la vuelta de la esquina— ya hubiera empezado otro corso, con ella al frente, tirando papelitos de alegría.


Marina bello torbellino!