Los mismos, pero otros
- 8 abr
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Ya lo habíamos visto muchas veces, pero igual nos seguía sorprendiendo como si fuera la primera.
El mismo equipo. Los mismos tipos. La misma cancha.
Y, sin embargo, parecían otros.
Los domingos a la tarde, con el técnico anterior, salían a jugar como si los hubieran despertado de la siesta sin permiso.
Caminaban la cancha.
Literal.
Vos los mirabas y te daban ganas de prestarles una reposera, un mate y decirles “quédense tranquilos, total el rival tampoco tiene apuro”.
El nueve, que en otras épocas corría todo, ahora trotaba con una parsimonia que daba bronca.
El cinco marcaba a dos metros, como si tuviera miedo de invadir la intimidad del rival.
Y el arquero… bueno, el arquero parecía un espectador privilegiado. Miraba más de lo que atajaba.
En la tribuna, nosotros hacíamos lo que hace cualquier ser humano desesperado: opinar sin saber nada.
—No tienen sangre.
—No quieren jugar.
—Estos tipos no sienten la camiseta.
Y uno, que ya tiene algunos partidos en la espalda, sabía que no era tan simple.
Nadie llega a jugar ahí sin ganas.
Algo más había.
Pero bueno, decir “algo más hay” no vende.
Es mejor putear.
Pasaron los meses.
Se fue el técnico.
Y ahí empezó la película rara. Mismos jugadores. Mismo pasto. Mismo vestuario.
Pero ahora… corrían.
No te digo que corrían, corrían.
Volaban.
Presionaban como si les hubieran prometido un asado por cada pelota recuperada.
El nueve se tiraba de cabeza a trabar, el cinco mordía en todos lados, y el arquero hasta daba órdenes con una voz que antes no usaba.
Nos mirábamos entre nosotros como diciendo: “¿y estos quiénes son?”
El Gordo Rivas, que nunca entendió nada pero siempre opina fuerte, tiró la teoría:
—Les cambiaron la sangre. Estos no son los mismos.
Y uno lo mira y piensa que no, que no les cambiaron la sangre.
Les cambiaron otra cosa.
Algo que no se ve en la tele.
Porque el nuevo técnico llegó, se paró en el medio del vestuario, y sin hacer magia, hizo algo bastante simple: los volvió a mirar.
Parece una pavada.
No lo es.
El que estaba borrado, ahora siente que puede jugar.
El titular, que ya se había acomodado, siente que tiene que demostrar.
Y el que venía medio apagado… de golpe se enciende.
Entonces pasa lo que pasa.
El mismo jugador que antes parecía cansado ahora llega a todas.
El que dudaba, ahora decide.
El que la devolvía para atrás, ahora encara.
Y vos, desde la tribuna, hacés lo único que podés hacer: cambiar de discurso sin pudor.
—¿Ves? Estos sí sienten la camiseta.
Como si la camiseta hubiera cambiado.
La verdad es más incómoda.
No cambiaron las piernas.
Cambió la cabeza.
Y cuando la cabeza arranca… el cuerpo la sigue sin pedir permiso.
Después, con el tiempo, todo se acomoda.
Siempre se acomoda.
El envión se va, las cosas se vuelven más normales, y ahí aparece la verdadera medida del equipo.
Pero mientras dura…
Mientras dura, el fútbol te regala esa sensación hermosa de estar viendo algo inexplicable.
Y uno, que ya sabe cómo termina la historia, igual se queda ahí, mirando, esperando que esta vez sea distinto.
Como cuando eras chico y pensabas que el partido no se iba a terminar nunca.


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