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Las cosas que quedan…

  • 23 ene
  • 3 Min. de lectura

Antes las mascotas eran eso: mascotas.

Estaban afuera.

Comían lo que había.

Se las bañaba cuando empezaban a oler a perro —que es un olor honesto, pero persistente— y nadie, absolutamente nadie, pensaba que podían dormir en la cama.

Dormir en la cama era de personas.

Y punto.

Después algo cambió.

No de golpe, no con una fecha clara. Cambió como cambian las cosas importantes: despacio y sin pedir permiso.

Empezamos a hablarles más.

A mirarlos distinto.

A explicarles cosas que no iban a entender nunca, pero igual necesitábamos decirles.

Y ahí nacieron los “perrihijos”, los “gatihijos”, y hasta los “chanchihijos”...

Hay de todo. Incluso serpientes con nombre y cumpleaños. El mundo se volvió raro, sí, pero también un poco más blando.

No digo que esté bien o mal.

Sería demasiado fácil.

Yo mismo caí en esa volteada.

A mis perros los considero familia.

No “como si” fueran familia.

Familia.

Se tienen en cuenta cuando se planea una salida, unas vacaciones, una mudanza. Se los nombra cuando se hace la lista mental de los que importan.

Porque importan.

Y cuando se van…

cuando se van duele.

Duele de un modo incómodo, medio vergonzante, como si uno tuviera que pedir permiso para estar triste.

“Era un perro”, te dicen.

Como si eso cerrara algo.

A Molly y a Austin los enterré en casa.

En mi casa.

No en un terreno baldío, no en una caja que se pierde. En casa.

Están ahí.

Les hablo.

No siempre, ni en voz alta, como en las películas.

A veces es un comentario al pasar.

Otras, un reproche chiquito.

O un “mirá lo que te perdés”, que es la frase más humana que le puede decir alguien a un perro que ya no está.

No espero respuesta.

Nunca la esperé, ni cuando estaban vivos.

Pero hay algo tranquilizador en saber dónde están.

En pasar por ahí y bajar un cambio.

En entender que ese pedazo de tierra guarda algo que fue puro afecto sin vueltas.

Y después están las otras cosas.

Las que no se entierran.

Los pelos.

Aparecen igual.

En el sillón.

En una campera que hace rato que no usabas.

En un rincón que ya habías limpiado.

Pelos que no molestan.

Que no se barren del todo.

Que uno deja ahí, como quien deja una marca chica para no olvidar.

Y el bolso de la loca linda.

Vacío. Doblado.

Sin sentido.

Ese bolso que antes pesaba, porque estaba llena de una respiración tranquila.

Hoy no guarda nada y, sin embargo, ocupa demasiado lugar.

Antes a los perros no se los humanizaba.

Es verdad.

Pero antes tampoco se hablaba tanto de lo que dolía.

Se seguía. Se barría. Se cerraba la puerta.

Hoy los humanizamos, sí.

Tal vez porque el mundo anda medio deshumanizado y alguien tiene que ocupar ese lugar.

Ellos no juzgan. No piden explicaciones.

No te exigen ser otra cosa que lo que sos.

Te acompañan. Te complementan.

Y cuando se van, dejan un silencio raro.

No es un silencio grande. Es peor: es doméstico.

Es el silencio del ruido que falta.

El de las uñas en el piso.

El del plato que ya no se llena.

El de la puerta que se abre igual, por costumbre.

Capaz no eran hijos.

Capaz no eran personas.

Pero fueron presencia.

Rutina.

Hogar.

Y hay pérdidas que no necesitan apellido para doler.

Yo les hablo.

Y a veces les dejo los pelos.

Y ese bolso vacío.

Porque no todo lo que queda estorba.

Yo les hablo.

Y no me importa decirlo.

2 comentarios

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María Guinea
14 feb
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Hermosa manera de darle forma a lo que es tan difícil de describir.

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Eduardo
23 ene
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Son presencias qué alegran y ausencias qué pesan mucho. Hermoso relato.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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