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La promesa ajena

  • 1 ene
  • 2 Min. de lectura

Actualizado: 2 ene

Mi hermano Jorgito, es de esos tipos que hacen promesas cuando no les queda otra.

Pero esta vez se pasó de rosca: fue hasta el santuario del Gauchito Gil, se arrodilló con devoción de película mala, y prometió algo que yo tenía que cumplir.

Sí, sí: yo.

Ni siquiera fue en joda.

No es que dijo "mi hermano seguro lo haría".

No.

Fue literal.

Prometió que, si se le daba cierto deseo misterioso (que todavía no me cuenta, el muy turbio), yo le iba a construir al Gauchito una casita roja al costado de la ruta. Él prometía.

Yo no sabía nada.

Y mientras él mojaba la tierra colorada con su desesperación mística, yo me convertía, sin saberlo, en el capataz espiritual de una obra en la ruta a Monte Hermoso.

Porque eso es lo que tienen los santos populares: son como esos jefes flexibles que no se fijan tanto en las formas, mientras la tarea se cumpla.

Podés llegar tarde, podés usar cualquier uniforme, podés subcontratar devotos.

Da igual.

El asunto es que cumplas.

O que alguien cumpla.

Y entonces el milagro se le cumple.

Y ahí vuelve, con su cara de póker y esa vocecita de tipo que te va a pedir un favor pero ya lo dio por hecho:

—Che… ¿te acordás lo que le prometí al Gauchito?

—¿Qué cosa?

—Eso, que le ibas a hacer una casita, al costado de la ruta a Monte…

—¿Que yo qué?

—Tranquilo, es una construcción chiquita. De madera.

—¿Y vos qué pusiste?

—Yo puse la fe, hermano. La fe. Ahí lo tenés: mi hermano es el único argentino que terceriza promesas.

Y el Gauchito, que es un santo generoso pero con memoria, ahora me mira desde su santuario esperando que aparezca con las tablas y la pintura roja…

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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