La promesa ajena
- 1 ene
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Actualizado: 2 ene

Mi hermano Jorgito, es de esos tipos que hacen promesas cuando no les queda otra.
Pero esta vez se pasó de rosca: fue hasta el santuario del Gauchito Gil, se arrodilló con devoción de película mala, y prometió algo que yo tenía que cumplir.
Sí, sí: yo.
Ni siquiera fue en joda.
No es que dijo "mi hermano seguro lo haría".
No.
Fue literal.
Prometió que, si se le daba cierto deseo misterioso (que todavía no me cuenta, el muy turbio), yo le iba a construir al Gauchito una casita roja al costado de la ruta. Él prometía.
Yo no sabía nada.
Y mientras él mojaba la tierra colorada con su desesperación mística, yo me convertía, sin saberlo, en el capataz espiritual de una obra en la ruta a Monte Hermoso.
Porque eso es lo que tienen los santos populares: son como esos jefes flexibles que no se fijan tanto en las formas, mientras la tarea se cumpla.
Podés llegar tarde, podés usar cualquier uniforme, podés subcontratar devotos.
Da igual.
El asunto es que cumplas.
O que alguien cumpla.
Y entonces el milagro se le cumple.
Y ahí vuelve, con su cara de póker y esa vocecita de tipo que te va a pedir un favor pero ya lo dio por hecho:
—Che… ¿te acordás lo que le prometí al Gauchito?
—¿Qué cosa?
—Eso, que le ibas a hacer una casita, al costado de la ruta a Monte…
—¿Que yo qué?
—Tranquilo, es una construcción chiquita. De madera.
—¿Y vos qué pusiste?
—Yo puse la fe, hermano. La fe. Ahí lo tenés: mi hermano es el único argentino que terceriza promesas.
Y el Gauchito, que es un santo generoso pero con memoria, ahora me mira desde su santuario esperando que aparezca con las tablas y la pintura roja…


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