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La noche que elegí no traicionarme

  • 10 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Anoche no vi el partido de Boca.

Y no porque me haya vuelto un monje tibetano ni porque me falte esa calentura que nos alimenta a los hinchas desde que tenemos uso de razón.

No lo vi porque había algo más fuerte que la tentación de una clasificación: mi dignidad futbolera.

Porque los principios del hincha, no se anotan en un cuaderno ni se explican con estadísticas.

Se aprenden en el potrero, en la tribuna, escuchando al viejo gritar cosas que, de grandes, juramos que no vamos a repetir… y repetimos igual.

Sin embargo, anoche tuve un aliado inesperado: la familia.

La despedida de mis parientes —que se volvían después del fallecimiento de Alcira— le puso a la casa un tono de vestuario vacío después de una derrota: ese olor mezcla de cansancio, silencio y algo que nadie se anima a nombrar.

Ahí estaba César, listo para irse con su familia, y yo con ese bajón que te agarra cuando sabés que un abrazo puede tardar meses en repetirse.

Y en ese clima, ¿cómo iba yo a enchufar el televisor para ver si Boca nos daba una mano?

Una mano sucia, además.

Una mano que, si la aceptábamos, había que lavársela con lavandina espiritual después.

Así que la cena me salvó.

Me obligó a mirar a la gente y no al marcador.

No voy a decir que no espié nada.

Pero me agarré fuerte de una regla que aprendí desde pibe: si la gloria depende del enemigo, mejor perder con la frente alta que ganar con la frente ajena.

El único que no respetó mi ceremonia fue Jorgito.

Con su celular en la mano, pasaba el dedo como si estuviera revisando una fórmula de física cuántica.

Y cada vez que fruncía el ceño, yo tragaba saliva.

Porque aunque no quisiera saber, quería saber igual.

Y todo eso con el barrio bostero afuera, ese barrio mío que cuando juega Boca parece una convención de vendedores de cotillón: gritan, insultan, festejan, protestan, se emocionan con todo.

Pero anoche, nada.

Silencio absoluto.

Un silencio tan grande que yo pensé: “Esto no es normal. Acá algo pasó”.

Hasta que Jorgito se me acerca.

Casi ceremonioso.

Casi como un juez que tiene que leer un veredicto.

—Perdió Boca —me dice.

Y ahí se me cruzaron todas las fibras del alma.

Porque por un lado sentí ese sacudón interno, ese chispazo que solo entiende el que lleva la banda roja tatuada en la emoción.

Pero por el otro lado, me cayó encima la realidad: afuera de la Libertadores.

Ahí nomás se me vino a la memoria aquella vez en que ellos festejaron nuestros goles.

Los gritaron con una alegría tan genuina que parecía que se habían olvidado de quiénes eran y qué camiseta defendían.

Yo estaba ahí.

Los vi.

Y dije: yo nunca voy a hacer eso.

Antes me corto un dedo del pie.

El chiquito.

Por eso anoche no miré nada.

No iba a permitir que un gol bostero me encontrara aplaudiendo.

Sería como aplaudir la lluvia porque ayuda a tu enemigo a resbalarse.

Más tarde, cuando César se fue y quedó ese eco sillas movidas y abrazos demorados, la casa entró en modo tribuna vacía. Esa sensación de domingo a la noche después de una derrota: queda olor a comida, queda cansancio, queda un silencio que no se acomoda.

Me senté un rato en la oscuridad.

Escuché el barrio.

Ese barrio bostero que anoche estaba desactivado, como si alguien hubiera apagado la emoción desde un control remoto.

Y pensé en lo irónico de todo: Toda mi vida rodeado de bosteros, y la única noche en que necesitaba que gritaran… se quedaron mudos.

Y ahí me di cuenta de algo, aunque me dé vergüenza admitirlo:

Hice lo que tenía que hacer.

Porque hay derrotas que duelen, pero hay alegrías que humillan.

Y yo elegí el camino que me deja mirar a River de frente, sin sentir que me vendí por un pase a octavos.

Sí: quedamos afuera.

Pero Boca perdió.

Y en esta locura hermosa que es el fútbol, a veces esas dos palabras son la manta que uno se pone encima para que la noche no enfríe tanto.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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