La camiseta y la escalera
- 9 nov 2025
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La casa olía a cera roja y a convivencia recién estrenada.
Octubre del ’93.
Tres meses de casados, y todavía estábamos en ese limbo entre el enamoramiento y el contrato de arrendamiento: la etapa en que uno todavía se ríe, pero ya empieza a registrar inventario.
Vuelvo del trabajo y la veo a Gra, agachada, pasando cera con un esmero que me ablandó el alma.
Mi mujercita, pensé. Tan aplicada, tan prolijita, tan dueña de la casa...
La ternura me duró tres segundos.
Exactamente lo que tardé en notar con qué estaba lustrando el piso.
Era mi camiseta del equipo Esperanza, campeón interbarrial de Curuzú Cuatiá.
Blanca, mangas largas, tres tiras azules, el treinta estampado en el pecho.
Ya tenía muchas temporadas, pero era mi preferida.
Una reliquia.
Y ahí estaba, hecha trapo.
Ni polvo de estrellas: polvo de cera.
—¿Qué hiciste? —le digo, con voz de tipo traicionado por la historia y agarrando pedazos de mi querida camiseta.
—La corté, amor—responde—. Es que ésta tela es perfecta para pasar la cera…
Así, con esa frialdad quirúrgica.
Como si me dijera: “La eutanasia textil era necesaria”.
Yo la miré.
Ella siguió encerando.
Y sentí que algo dentro mío se rajaba: no era amor, era la dignidad deportiva.
Exploté.
Nos cruzamos unas cuantas frases que, con los años, uno recuerda con cariño… pero que en el momento podrían haber terminado en Crónica TV.
Nuestra primer discusión.
Estábamos al lado de la escalera.
Y sí, lo confieso: lo pensé.
La empujo y se acaba todo, pensé.
Pero al instante me imaginé el noticiero: “Joven matrimonio en tragedia doméstica, móvil en vivo desde Bahía Blanca”.
Y se me pasó.
En el fragor de la discusión, sin previo aviso, ella hizo lo inimaginable.
Abrió la boca, sacó apenas la lengua, humedeció la yema del dedo medio —ese, el internacional del insulto, el del faquiu— y con una calma que asusta, dirigió la mano hacia mí, palma hacia arriba, como quien ofrece un sacramento dudoso.
Me tocó el lóbulo de la oreja, desde atrás hacia adelante.
Un golpe preciso, frío, lento, con la autoridad de un juez y la puntería de una madre.
Después de eso, levantó los hombros y me dijo, bajito, con la misma voz con la que te dan un turno médico:
—Vos no podés pegarle a nadie. Yo quedé helado, sin poder articular sonido.
—Yo,…yo— cada vez más rojo. Increíblemente, repitió el movimiento, como si ya lo hubiera ensayado miles de veces.
—Vos no podés pegarme.
Y tenía razón.
Me dí cuenta que las guerras domésticas no se ganan con gritos ni argumentos.
Se ganan con gestos.
Ese dedo húmedo fue el tratado de paz más efectivo que firmé en mi vida.
Treinta y dos años después, todavía la cuento en las reuniones. Los demás se ríen del detalle de la oreja; yo me río del milagro de haber sobrevivido al dedo medio sin pedir la nulidad.
Porque en esa casa nunca hubo un solo capitán.
Aquí mandamos y obedecemos los dos, según el día, el humor y la cera.
Y aprendí dos cosas aquella noche: que el amor no siempre brilla… y que la cera roja no se saca fácil de una oreja.


Jajjaja que hermosa anécdota, si la habré escuchado...
Gracias por compartirlo, al leerlo sentís la calidez de una conversación por la tarde con mates de por medio, espectacular.