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Eso que viene con el alma...naque

  • 17 nov 2025
  • 3 Min. de lectura

Un día te despertás y descubrís que tu cuerpo adoptó un nuevo hobby: quejarse.

No avisa.

Arranca solo.

Vos ponés un pie en el piso y ya tenés la primera protesta sindical de la mañana.

La ciática aparece temprano, fiel trabajadora.

Metés un movimiento mínimo —agarrar una media, por ejemplo— y una chispa baja por la pierna, tipo descarga eléctrica de enchufe flojo. Vos quedás doblado, negociando con Dios y con la columna al mismo tiempo.

La cintura se volvió una orquesta experimental.

Te inclinás y arranca la sinfonía: tac, clac, crrrp.

La perra levanta la cabeza preocupada, como preguntando si llamás a la ambulancia o si esperás a que pase solo.

Las rodillas ya no acompañan, te denuncian.

Hacés tres escaleras y parece que llevás parlantes Bluetooth instalados.

Crack.

Crooooc.

Trac.

Cada paso un efecto de sonido nuevo.

La vista… otro carnaval.

Leés una receta y tenés que alejar el papel, acercarlo, buscar foco, girarlo, ponerlo bajo la lámpara, levantar las cejas.

Terminás diciendo:

—Listo, hago fideos. La dignidad no da para más.


Y después está ese mareíto traicionero.

Te levantás rápido pensando que todavía sos joven, y el cuerpo te pone en pausa.

Literal.

Te quedás ahí, flotando, agarrándote de la silla mientras el mundo gira un poquito más de lo recomendado.

Pero lo mejor es la discusión interna.

Vos mirás una caja de 12 kilos y pensás:

—A esto lo levanto sin drama.

Y el cuerpo se ríe:

—Sentate, maestro. Te explico cómo funciona la vida ahora.

Porque la mente sigue optimista, insiste en que podés hacer cosas de antes.

Pero el cuerpo ya trabaja en modo realista, horario reducido, contrato precario, y no piensa hacer horas extras.


Hacés un esfuerzo mínimo —cortar el pasto, por ejemplo— y el cuerpo te pasa factura al instante.

Terminás apoyado en el mango de la bordeadora, mirando al cielo y diciendo:

—¿Tanto odio me tenés, columna?

La respuesta llega en forma de latigazo atómico en el glúteo derecho.

Volvés a la casa rengueando, agarrando muebles en el camino, y ahí empieza el ritual geriátrico de lujo: la almohadilla de calor.

Se enchufa, toma temperatura, y vos te tirás en el sillón como un raviol en horno de barro.

No cura nada, pero te abraza.

Te dice: “No estás bien, pero te acompaño”.

Y después está la otra maravilla de la ciencia: el electroestimulador muscular.

Ah, ese aparatito.

Te lo recomendaron con una seriedad casi religiosa:

—Usalo veinte minutos y te cambia la vida.

Mentira.

Pero te entretiene.

Vos te lo colocás con la misma precisión de un tatuador profesional.

Ocho chupetes pegados por todos lados: muslo, cintura, ciática, ese lugar misterioso cerca del glúteo que ni los médicos nombran.

Enchufás todo, te conectás la almohadilla, te enchufás el electroestimulador, y quedás ahí…

electrodoméstico humano.

Solo faltaría que la perra te apoye la taza de té encima.

A los diez minutos te empieza a vibrar una pierna, después un glúteo, la cintura hace luces como un arbolito de Navidad, y vos decís:

—Estoy rejuveneciendo.

Mentira.

Mentira otra vez.

Pero el masaje eléctrico te hace sentir un poquito menos derrotado.

Y la mente, en su nube de optimismo, te susurra:

—Mañana cortamos el pasto de nuevo.

El cuerpo contesta:

—Mañana ni te levanto del sillón.


Aun así, te reís.

Porque si no te tomás esto con humor, ¿qué hacés?¿Llorás?

No.

A esta edad, llorar también te da lumbago.


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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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