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Escribir para uno

  • 30 oct 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 31 oct 2025


A veces creo que no soy bueno, en esto de poner por escrito las cosas.


No es falsa modestia, ni pose literaria: es duda pura. .


Esa duda que se sienta a mi lado cuando abro el Word y me mira escribir con cara de “¿otra vez lo mismo?”.


Pienso historias todo el tiempo. Algunas me persiguen hasta en la ducha, otras se evaporan antes de que encuentre el teclado. Las que logro atrapar, salen como pueden: torcidas, sinceras, atolondradas.


Algunas me gustan, la mayoría me da vergüenza.


Y sin embargo, ahí van, pobrecitas, rumbo al blog.


No tengo un gran público.


Escribo más para mí que para los demás, aunque si alguien comenta, me cambia el día. Esa mezcla de pudor y orgullo me tiene atrapado: quiero que lean lo que hago, pero también me da miedo que lo lean.


Una contradicción hermosa, como casi todo lo que vale la pena.


Me muevo entre redes literarias, leo, aprendo, me entusiasmo. A veces me trabo, me quedo mirando el cursor parpadear y pienso: “Se acabó, ya no me sale nada.” Pero después, como un terco que no se resigna, vuelvo a escribir.


Porque no sé vivir de otro modo.


Hay días en que las palabras me esquivan. Y hay otros en que me buscan ellas a mí, como si tuvieran apuro por existir.


Y en esos días —raros, luminosos— me convenzo de que, quizás, ser escritor no sea una meta.


Sea simplemente esto: seguir intentando.


A veces me pasa que escribo una frase y pienso: “Listo, esto es bueno.” Cinco minutos después la releo y me quiero denunciar por escribir semejante pavada. El problema no es escribir mal. El problema es tener la lucidez suficiente para darte cuenta de que escribís mal.


Una tragedia con teclado.


Tengo carpetas con títulos como “ideas buenas”, “para pulir”, “revisar después” y “esto no se muestra jamás”. Adivinen cuál tiene más peso.


Y aún así, las guardo todas. Por si algún día las releo y descubro que eran brillantes… o por lo menos reciclables.


Publico igual, porque el blog es mi gimnasio: nadie va a levantar grandes pesas el primer día, pero si no vas, no pasa nada nunca. Además, nadie te ve transpirar detrás del monitor.


En las redes literarias es igual: todos parecen geniales, y uno se siente un tipo con un cuaderno de renglones torcidos tratando de colarse en un club exclusivo de iluminados.


Pero ahí estoy. Comentando, aprendiendo, robando algún elogio suelto como quien junta monedas para el colectivo.


Y cuando me trabo, que pasa seguido, me hago el distraído. Abro el documento, miro el cursor, lo dejo parpadear… y me convenzo de que estoy “pensando la estructura”. Puro humo. Pero elegante.


Y así sigo: a veces inspirado, a veces en modo fraude, pero siempre escribiendo.


Porque sospecho que si dejo de hacerlo, la cabeza se me llena de humedad.


Mi mujer, por ejemplo, dice que escribo lindo. Pero lo dice con el mismo tono con que me dice que cocino rico, justo antes de sacar el sartén del fuego para que no se queme.


Mi hijo, en cambio, es más directo: “Pa, está bueno, pero te faltaría más acción.” Traducción: le aburrí.


Y mi vieja, si viviera, seguro diría que mis cuentos son tristes. Aunque ella lloraba hasta con los comerciales de yogur, así que no sé si cuenta.


A veces leo lo que escribí en voz alta, para ver cómo suena. En casa eso es un espectáculo aparte: mi mujer pasa por atrás, me escucha un fragmento y pregunta si es “otro relato de esos donde alguien piensa mucho y no pasa nada.”


Tiene razón, pero no se lo digo.


Cuando publico algo, me hago el distraído. Lo subo al blog, cierro la compu, y me voy a lavar los platos. A los cinco minutos ya estoy revisando si alguien comentó. No hay nada más triste que un relato recién publicado sin su primer “me gustó”.


Es como un cumpleaños sin invitados.


Pero sigo.


Porque cuando escribo algo que me deja contento (o por lo menos no avergonzado), siento que valió la pena. Y aunque sé que la mitad de mis historias no van a ningún lado, la otra mitad, con suerte, llega a casa, se sienta, y me hace sentir que algo entendí.


La escena se repite cada tarde. Yo frente a la compu, con la cara de quien está escribiendo algo importante. En realidad estoy borrando la misma frase por cuarta vez.


Graciela pasa con el trapo de piso y pregunta sin mirar:


—¿Estás escribiendo?


—Estoy intentando —le digo.


—Bueno, mientras intentás, ¿podés levantar las patas que paso?


Levanto. Ella pasa. Yo vuelvo al teclado, y justo cuando siento que ahora sí, aparece Akira con la pelota en la boca. La dejo a un costado, pero me mira fijo, con esa mirada que no admite suspenso. Termino jugando tres tiros y volviendo a la silla con la culpa de quien traicionó a la literatura y al perro al mismo tiempo.


Después llega el olor a café. Graciela me deja una taza al lado del mouse, sin decir nada. Es su forma de decir “no te entiendo, pero te banco”. Entra un mensaje de Leo: "Pa, vi tu cuento nuevo. Está bueno, pero yo le pondría más diálogo."


Sigo escribiendo.


Me trabo otra vez.


Miro por la ventana, como si allá afuera estuviera la inspiración, fumando un cigarrillo en la vereda y negándose a entrar.


Entonces pienso en cerrar todo y dedicarme a otra cosa. Pero justo, sin saber cómo, aparece una frase que me gusta.


Una frase chiquita, pero mía.


Y ahí vuelvo.


Esa noche, antes de acostarnos, Graciela me dice desde la almohada:


—Hoy te vi sonreír frente a la compu. Hace rato no te veía así.


Me hago el dormido, pero me quedo pensando. Tiene razón. No fue una sonrisa grande, apenas un gesto. Pero fue de esas que te nacen cuando algo encaja. Cuando sentís, por un segundo, que valió la pena no haber apagado todo.


Más tarde, ya con la casa en silencio, entro al blog desde el celular.

Un comentario nuevo.

De alguien que no conozco.


Dice: “Me hiciste acordar a mi viejo, gracias por eso.”


Me quedo mirándolo un rato.


No digo nada, pero adentro algo se acomoda.


Ese desconocido me acaba de recordar por qué sigo escribiendo.


Graciela respira tranquila al lado.


Akira, hecha un ovillo, sueña con alguna pelota.


Y yo, en la penumbra, pienso que tal vez no haga falta ser un buen escritor.

Que alcance con escribir algo que llegue a alguien, y con eso baste.


Y que ese alguien, por un instante, sienta lo mismo que yo...

4 comentarios

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Invitado
01 nov 2025
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Mi escritor favorito. El que pone la vida en palabras ... ese es un Don de Dios. Cultivalo! Te amo

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Eduardo
31 oct 2025
Obtuvo 5 de 5 estrellas.

Este texto transmite verdad.Tiene una rara mezcla de vulnerabilidad,humor y ternura que solo aparece cuando alguien escribe desde un lugar auténtico. No es sólo un relato sobre escribir; es un retrato sobre vivir con sensibilidad, de quien entiende que escribir no es buscar la perfección, sino conexión, que es lo que separa a quien escribe por oficio del que lo hace por necesidad interior.

Editado
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roberto
31 oct 2025

Todo intento es bueno, estimado Raúl; sirve en la medida que nos haga bien a nosotros mismos ; luego vienen los comentarios. Vamos, adelante con tu proyecto...!!!

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Raul
31 oct 2025
Contestando a

Gracias, Roberto. Qué lindo leer eso.


Tenés toda la razón: escribir, al final, es un intento por estar un poco mejor con uno mismo… los comentarios son apenas el eco.


Y si ese intento deja algo bueno, aunque sea una frase que nos alivie, ya vale la pena seguir.


Abrazo grande, y gracias por el empujón —que a veces hace más falta de lo que uno admite.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

2026 Raúl Oscar López - Todos los derechos reservados.

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