El fantasma del suero
- 17 mar
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Trabajé bastante tiempo en la guardia de emergencia de un hospital.
Turno noche.
En administración, que es estar en el corazón del asunto… pero sin guantes.
Y las noches en un hospital tienen un silencio raro. No es silencio de campo ni de siesta.
Es otra cosa.
Es un murmullo que no se escucha, pero se te mete en el cuerpo.
El edificio respira bajito.
Algo queda flotando.
Por eso, entre compañeros, cada tanto aparecen los fantasmas.
No porque creamos demasiado.
Sino porque a esa hora… mejor reírse antes que pensar.
Esa noche estaba en el patio de atrás con una enfermera.
De esas que ya vieron todo y, sin embargo, siguen fumando.
Madrugada fea.
Frío húmedo.
De esos que no te matan, pero te hacen dudar de tus decisiones.
Estábamos ahí, estirando el descanso todo lo posible.
Volver adentro era volver al ruido, a la urgencia, a las caras largas.
Ella me contaba que una vez, en un quirófano cerrado, vio una sombra. Que la luz titiló sola. Que sintió que había alguien.
Yo le respondía con chistes malos.
No por valiente. Por necesidad.
Y en una de esas, mientras hablaba, la veo cambiar la cara.
Pero cambiar en serio.
Se queda dura.
Callada.
Mirando por detrás mío.
Y pega un grito.
Un grito de esos que no se ensayan.
De los que te acomodan la presión de golpe.
Me doy vuelta.
Y ahí estaba.
Una figura.
Humana.
Bata blanca. O lo que quedaba de la bata. Medio abierta, en conflicto con la dignidad.
En la penumbra.
Avanzando despacio.
Y en la mano… algo largo.
En ese segundo pensé de todo.
Que era un paciente muerto que no se había enterado.
Que venía a reclamar algo.
Que esa charla nos había salido cara.
Hasta que la figura se acerca lo suficiente… y habla.
—Perdón… ¿el baño?
Era un paciente.
Con el portasuero en una mano, lo venía arrastrando.
Y con la otra tratando de que la bata no lo delate del todo.
Se había levantado solo.
Evaluó la situación y decidió que pedir ayuda era opcional.
Salió a recorrer la guardia con un trámite pendiente.
Le indicamos el baño con total seriedad.
Y cuando desapareció por el pasillo… nos miramos.
No nos reímos enseguida.
Primero hubo que esperar que el corazón vuelva a su lugar.
Después sí.
Risa larga. De esas que aflojan todo.
Desde ese día, cada vez que alguien saca el tema de los fantasmas, nosotros agregamos uno más a la lista.
El del suero.
El único que no venía a asustar a nadie.
El más humano de todos que solo estaba buscando el baño.


Me encantó, estuve enganchado pensando en que me iba a dar escalofríos, pero me sorprendió, buenísimo!