Antes de que se largue
- 9 may
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Uno escucha “alerta amarilla por viento”, “alerta naranja por lluvia” y ya no escucha igual que antes.
El cuerpo se acomoda solo y se vuelve antena.
En Bahía, después de todo lo que pasó, una nube negra ya no es solamente una nube negra.
Es un inicio de rituales.
Uno mira la aplicación del clima que recomienda un amigo.
Luego otra, porque la primera “no le pega nunca”.
Después termina mirando un radar meteorológico de una universidad de Oklahoma que nadie entiende bien, pero donde aparece una mancha roja avanzando hacia la provincia y listo, ya está, no dormís más. Nos volvimos especialistas.
Gente que hace tres años no sabía diferenciar humedad de presión atmosférica, ahora te habla ciclogénesis, de ráfagas sostenidas, celdas convectivas y milímetros acumulados con una seguridad que asusta.
Hay tipos en el supermercado diciendo:
—No, esto entra por el sudoeste y rota hacia el otro cuadrante. Con tono de piloto de combate.
Y mientras tanto, la ciudad hace memoria.
Porque Bahía tiene eso.
El clima no es charla de ascensor, acá el viento tiene antecedentes penales.
Uno todavía recuerda el granizo reventando techos y parabrisas mientras la ciudad parecía bombardeada.
Y el tornado… el tornado fue otra cosa. Porque tornado era una palabra de película yanqui. De lugares con sótanos y nombres raros.
Hasta que un día pasó acá y hubo muertos. Y desde entonces, cada vez que el cielo se pone verde raro, todos miramos para arriba y sopesamos lugares donde refugiarnos.
Después vino la inundación y ahí cambió algo.
Ya no era “qué feo día”.
Era mirar la lluvia y sentir un ruido adentro. Saber que hubo gente que no volvió. Que hubo familias enteras contando pérdidas mientras el agua seguía entrando por abajo de las puertas sin pedir permiso.
Entonces hacemos lo que podemos.
Guardamos el auto bajo techo aunque quede a nueve cuadras.
Desenchufamos cosas. Cargamos el celular al cien por ciento porque nadie quiere quedarse incomunicado.
Las mamás mandan mensajes: “¿Tenés velas?” “¿Está limpio el desagüe?” “Por las dudas llená botellas con agua.”
Y uno se ríe un poco también. Porque hay algo tragicómico en ver a un bahiense mirando cinco pronósticos distintos para decidir si deja una planta en el patio o la entra.
O ese vecino que sale a mirar el cielo con las manos atrás, serio, convencido de que puede interpretar las nubes mejor que el Servicio Meteorológico.
Pero debajo de todo eso hay otra cosa, hay cansancio y gente que cada alerta la revive entera.
Hay chicos que se ponen nerviosos cuando llueve fuerte y adultos que disimulan, pero apenas empieza el viento hacen una recorrida por la casa y revisan todo.
Y sin embargo, al otro día, la ciudad sigue.
Alguien barre hojas. Otro acomoda una chapa. El kiosquero abre igual. El colectivero toca bocina.
El de la panadería comenta:
—Al final no fue para tanto. Aunque haya dormido vestido por las dudas.
Bahía tiene una mezcla rara de miedo y costumbre, de gente que aprendió a mirar el cielo sin confiarse demasiado, pero que igual sigue haciendo planes para el domingo.
Porque vivir acá es un poco eso: aprender que el viento puede llevarse muchas cosas, pero no termina de llevarse nunca las ganas de seguir.


Una mirada desde abajo, como tiene que ser, sin tantos comentarios de afuera creyéndose que saben lo que ocurre acá solo por haberlo visto en las noticias.
Después de tantas tormentas, todo se normaliza, la gente sale a la calle y como acto reflejo, pregunta si sus allegados están bien y continúa el día.
Ser Bahiense, últimamente, ya es una aventura, pero una que compartimos todos juntos, hermoso relato!