

Antes de que se largue
En Bahía Blanca, el clima es ya memoria. Entre alertas y radares, los vecinos se volvieron expertos en tormentas e inundaciones. Lo cotidiano es ritual: guardar autos, cargar celulares, limpiar desagües. Bajo la vigilancia late el trauma, pero también la resistencia. Al otro día la ciudad sigue: se barren hojas, se abre el kiosco, se planea el domingo. Convivir con la intemperie no apaga las ganas de seguir. Vivir aquí es mirar el cielo con recelo, sin soltar la esperanza.
2 min de lectura


