Algo se corrió
- 31 mar
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No es de golpe.
No hay una pelea grande, ni un portazo, ni una frase brillante que cierre todo.
Es más chico.
Más silencioso.
Pasa un martes cualquiera.
Estás hablando con alguien que querés.
Un hermano, un amigo, alguien de esos que están desde siempre.
Decís algo simple, sin doble intención.
Y del otro lado llega una respuesta seca.
Cortante.
De esas que no necesitan levantar la voz para lastimar.
No es la primera.
Ahí está el detalle.
Si fuera la primera, la dejás pasar.
Si fuera la segunda, también.
Uno siempre encuentra una excusa: está cansado, tuvo un mal día, no se dio cuenta.
Pero hay un número invisible.
Un límite que nadie te avisa cuándo llega.
Y ese martes, mientras el otro sigue hablando como si nada, vos ya no estás ahí del todo.
Seguís escuchando, asentís, incluso respondés.
Pero algo se corrió apenas unos centímetros.
Como un cuadro que quedó torcido en la pared y ya no hay forma de no verlo.
No decís nada.
Porque tampoco sos de hacer escándalo por todo.
Pero empezás a elegir.
Elegís no contar ciertas cosas.
Elegís no opinar en algunas conversaciones.
Elegís no ir a lugares donde sabés que el clima es ese.
Y eso es todo.
Una forma tranquila de empezar a correrte.
El otro no lo nota al principio.
Después sí, pero ya es tarde para ubicar el momento exacto en que pasó.
Porque no hubo escena.
No hubo aviso.
Solo un desgaste.
Como esas sillas que estuvieron años en el mismo lugar y un día, cuando alguien se sienta, crujen distinto.
Y sí hace falta cuidar.
Porque los de siempre también se cansan.
Y cuando se cansan, no siempre se van dando explicaciones.
A veces simplemente dejan de estar, aun estando.


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