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2025, dicho bajito

  • 31 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

El 2025 no se dejó leer fácil.

No empezó mal, pero tampoco dio garantías.

Se fue armando como esas charlas familiares donde nadie dice todo, pero todos entienden bastante.

Yo venía con algo atravesado desde hacía años.

No era una obsesión épica ni una vocación heroica: era una deuda. Una historia que pedía salir y que siempre encontraba una excusa para quedarse.

Ese año, por alguna razón —cansancio, madurez o simple terquedad— la terminé.

Cerrar la novela no fue un festejo. Fue un silencio. Un alivio raro. Como cuando apagás una radio que estuvo prendida demasiado tiempo y recién ahí notás el ruido de fondo.


Después pasó algo más chico, pero no menos importante.

Casi sin darme cuenta, empezó a nacer un lugar para decir lo que no encontraba conversación.

Un espacio sin gritos, sin urgencias, sin pretensión de verdad absoluta.

Así apareció Cosas que se cuentan bajito….

No como proyecto ruidoso, sino como refugio. Como esas libretas que uno abre cuando la casa duerme y nadie te pide explicaciones.


Mientras tanto, la familia seguía haciendo lo suyo: avanzar, aunque no siempre en la misma dirección.

En julio nos juntamos para celebrar a Laly.

Sesenta años no son una cifra redonda: son un balance.

Y viajamos.

El litoral fue escenario, pero también refugio.

Caminos largos, esteros que no apuran a nadie, sobremesas donde el tiempo parecía aflojar un poco la mandíbula.

Estuvimos casi todos.

Y ese “casi” fue parte del viaje.

Porque cuando uno junta mucha gente que se quiere, las ausencias también se sientan a la mesa.


Ese año dejó algo claro: la vida familiar ya no es una foto fija, es movimiento constante.

Uno de los nietos eligió seguir un camino antiguo.

No por nostalgia, sino por convicción.

Entró a la escuela militar, avanzó, respondió.

El abuelo estaría chocho.

Y sin decirlo demasiado, eso tocó una fibra vieja.

No de orgullo ruidoso. De continuidad.


Otra generación cerró una etapa.

Secundaria terminada. Acto, recepción, abrazos largos.

La juventud sigue creyendo que el futuro es un lugar amplio, y uno no tiene corazón para desmentirlos.

Que empiece Medicina suena grande.

Lo es.

Ojalá la trate bien.


Leo cumplió 25.

Y no es solo la edad.

Está con dos carreras, trabajando desde casa en diseño gráfico, acomodando horarios, entregas, cansancios.

No se queja.

Se organiza.

Avanza.

Y uno lo ve construir, de verdad, y entiende que el tiempo no pasa: se instala.

Se sienta.


En marzo, la ciudad se inundó.

Y el año dejó de ser íntimo para volverse colectivo.

El agua no distingue historias personales.

Entra, arruina, obliga a esperar.

Bahía quedó quieta, embarrada, vulnerable. Como si el piso mismo hubiese decidido recordarnos algo.


En noviembre se fue Alcira.

Y con ella, algo que sostenía sin hacerse notar.

Hay personas así.

Cuando faltan, recién ahí entendés el lugar que ocupaban.


Para completar el cuadro, aparecieron las peleas.

Hermanos enfrentados.

Silencios largos.

Frases que no se dicen para no romper del todo, pero que igual rompen.


Eso también fue el 2025: aceptar que no todo se arregla, que algunas grietas no están para cerrarse sino para aprender a bordearlas.

Y entender que esos dolores se bancan mejor cuando lo cercano está firme.

La familia chica está bien.

Dicho así parece poco, pero es casi todo.

Tener a los de casa sanos, cerca, funcionando —con sus manías, sus cansancios, sus risas— es un privilegio que uno aprende a valorar cuando el año aprieta.


A Dios, gracias.

No como frase hecha, sino como quien levanta la vista un segundo y reconoce que no todo depende de uno.

Que hay cosas que se sostienen solas, o por algo más grande que no siempre entendemos.


Pienso también en algunas personas fuera de casa.

Amigos. Gente del trabajo.

No hace falta nombrarlos.

Cada uno sabe el lugar que ocupa.

Ojalá el año que viene venga un poco más liviano para todos.

Con menos ruido.

Con más descanso.

Con salud, que es lo primero que se aprende a pedir cuando ya se perdieron ciertas ingenuidades.

Y con trabajo que no se lleve puesta la vida.


Para el año que viene quedan proyectos, deseos, planes que todavía no se animan a decirse en voz alta.

Ojalá encuentren su momento.

Ojalá lleguen sin empujar.

Y si no llegan, ojalá tengamos con qué bancarlo.


Y están ellos. Siempre.

Mis viejos.

En los gestos heredados, en las decisiones que se repiten sin darse cuenta, en esa forma de mirar la vida que uno no sabe bien de dónde salió, pero sabe de quién.

Se los extraña distinto con los años.

Más hondo.

Más callado.

Así se va el 2025.

Con agradecimiento.

Con nostalgia.

Y con la esperanza tranquila de que, mientras estemos juntos los de acá, todavía estamos a tiempo de casi todo.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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