Rutina
- 8 may
- 2 min de lectura

Bajó del colectivo y sintió ese alivio chiquito que aparece cuando una por fin pone los pies en su barrio, aunque el cuerpo todavía no afloje del todo.
Menos mal.
Ese hombre la había mirado demasiado durante el viaje, o eso creyó ella, porque a veces ya no importa si pasa de verdad o si una lo imagina: el cuerpo igual se pone en guardia.
El kiosco de la esquina prendía la luz con un parpadeo lento. Tres segundos encendido, tres apagado.
Los autos avanzaban en su mismo sentido y eso la obligaba a girar cada tanto para controlar qué venía atrás.
No podía ver las caras, apenas luces, sombras, movimientos rápidos reflejados en los vidrios estacionados. En el reflejo de un auto se vio pasando frente a la rotisería. Salía olor a grasa de milanesa y a fritura vieja. Bajó un poco el volumen de la música.
Caminar escuchando canciones ya no era caminar escuchando canciones; era dejar un oído libre por si acaso.
Escuchó una moto acercándose y, por costumbre, se corrió apenas hacia el borde de la vereda. El delivery pasó de largo mirando el celular apoyado sobre el manubrio. Ella recién entonces volvió a acomodarse los auriculares.
La farmacia ya estaba cerrada. En la persiana habían quedado pegados restos de afiches viejos y un cartel torcido ofreciendo vacunas antigripales.
Más adelante, una camioneta blanca disminuyó la velocidad cuando quedó a su lado y durante un segundo larguísimo imaginó cualquier cosa, después vio la loma de burro. El conductor siguió viaje sin mirarla siquiera. Ella también siguió, aunque ya no caminaba igual.
Quiso sacar el celular para avisarle a la madre que estaba cerca de casa, pero hasta eso implicaba un cálculo. Mirar la pantalla eran segundos regalados a la distracción. Frenó apenas, miró para todos lados, atrás también, y recién ahí escribió un mensaje corto, rápido, torpe.
En esos cinco segundos un hombre cruzó corriendo hacia su vereda y sintió cómo el miedo le vaciaba el cuerpo de golpe. Después entendió que no venía hacia ella. Apenas corría para no perder el colectivo.
Siguió caminando con la llave apretada entre los dedos, preparada desde media cuadra antes, como hacen tantas.
Cuando llegó a la puerta miró una vez más hacia la esquina.
Después otra.
En el edificio de enfrente el portero eléctrico seguía roto, como siempre. La puerta quedaba apenas abierta, respirando luz de pasillo sobre la vereda. Mientras abría, el miedo más grande no estaba adelante sino atrás, en esa sensación constante de que alguien podía aparecer justo en el momento exacto en que una baja la guardia.
Entró.
El ruido de la tele, el olor de la comida y las voces conocidas le aflojaron recién ahí algo del pecho.
Saludó, dejó la mochila, le dio un beso a su familia.
Un día más.


Comentarios