Normalidad en oferta
- 3 nov 2025
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A veces tengo la sensación de que la palabra normal se jubiló sin avisar.
Un día estaba ahí, firme, diciendo “esto es así”, y al siguiente la reemplazaron por un cartel de diversidad, con luces de neón y música de fondo.
No me malinterpreten.
No tengo nada contra nadie.
Cada quien que viva, ame y se peine como quiera.
Pero últimamente me siento raro por ser… normal.
Como si ser normal fuera una rareza vintage, una especie en extinción, una cucaracha que sobrevivió a la modernidad.
Antes, ser un tipo común —casado con una mujer, con hijos, perro y una hipoteca— era casi un trámite.
Hoy parece un manifiesto político.
No lo digo con enojo, lo digo con asombro.
Uno prende la tele y hay un festival de orgullos de todos los colores.
Y yo, con mi heterosexualidad de entrecasa, ni una remera tengo.
¿Dónde se compra la de “Soy normal, pero me banco el tráfico igual”?
Claro, enseguida alguno salta:
—¡Pero qué es ser normal!
Y ahí me rindo.
Porque si explico que para mí “normal” es simplemente lo que fue siempre —papá, mamá, y el resto girando alrededor del caos doméstico—, me miran como si hubiera dicho que quiero volver a la Edad Media.
Yo no tengo orgullo de mi orientación sexual.
Ni vergüenza.
Tengo facturas impagas, lumbalgia y una perra que ladra cuando pasa una hoja.
Si eso no es diversidad, que me expliquen.
Y no, no odio a nadie.
Ni me creo más.
Pero me incomoda que todo se convierta en bandera, en marketing, en discurso.
El amor no necesita departamento de prensa.
En fin.
Supongo que ser normal ahora es ser minoría.
Y, si me apuran, hasta me da un poco de orgullo.
Quizás lo mío sea simple: un tipo común que ama a su mujer, se queja del tránsito y se emociona con un gol de River.
Si eso ya no entra en la categoría de “normal”, que me avisen.
Así al menos sé si tengo que salir con bandera o con bufanda.


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