Las veinte cargas de Lavalle
- 26 ene
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Actualizado: 29 ene

Prólogo
Una carga de caballería no empieza cuando los caballos arrancan.
Empieza antes.
Empieza en ese segundo raro en el que todo queda quieto.
Los jinetes acomodan el cuerpo sin darse cuenta, ajustan las riendas, putean en voz baja.
Alguno escupe.
Otro le palmea el cuello al caballo como si fuera un hermano.
El aire ya huele mal: transpiración vieja, cuero húmedo, pólvora seca.
El suelo está blando y polvoriento a la vez, como si supiera lo que se le viene encima.
Después viene el ruido.
No el grito todavía.
Primero el temblor.
El suelo vibra antes de verse.
Es un rumor grave, profundo, que sube por las piernas y se mete en el pecho.
Los caballos arrancan juntos, no desordenados: juntos.
Cascos golpeando la tierra como un tambor que se acelera. El polvo se levanta y se mete en la boca, en los ojos, en la nariz.
Raspa.
Arde.
Ahí sí: los gritos.
Gritos de furia, de miedo, de puteadas sueltas que no van dirigidas a nadie en particular.
Gritos para no pensar.
Sables que salen de la vaina con ese sonido seco, metálico, que no se parece a nada más. El aire se llena de relinchos, de insultos, de órdenes que ya no importan.
Y del otro lado, el infante espera.
No corre.
No todavía.
Está firme.
El fusil pesa el doble. Las manos transpiran.
El olor es peor: miedo, mierda, sangre vieja. Ve venir una pared que se mueve.
Una cosa viva que crece.
No distingue caras: ve cuerpos, ve caballos, ve metal que brilla entre el polvo.
Sabe —porque el cuerpo lo sabe— que si la línea se rompe, no hay vuelta atrás.
Cuando el choque llega, no es limpio. No es prolijo. Es un desorden brutal. Caballos que embisten, hombres que caen, otros que gritan sin saber por qué. Todo dura poco y dura una eternidad al mismo tiempo.
Después, si se puede, la caballería se reagrupa.
Y si no, vuelve a cargar.
Porque una carga no es una carrera.
Es una decisión que se toma sabiendo que puede ser la última.
Las veinte cargas de Lavalle
Cuando el polvo todavía no se había asentado, ya era evidente que la retirada iba a costar sangre.
La cosa ya estaba perdida.
No hacía falta ser estratega ni tener galones para darse cuenta.
Bastaba con mirar alrededor: hombres corriendo, armas tiradas, órdenes que nadie alcanzaba a escuchar. Cuando una retirada empieza a parecerse demasiado a una estampida, ya no hay mapa que valga.
Era el 21 de enero de 1823, en Moquehua, sur del Perú.
El Ejército Libertador del Sur se desarmaba en pedazos mientras la caballería realista del general Valdez hacía lo que suele hacer la caballería cuando huele miedo: ir para adelante sin pensar demasiado.
El que estaba al mando de los granaderos se llamaba Juan Galo de Lavalle.
Para ese momento, Lavalle ya no era un nombre nuevo ni una promesa. Había entrado a los Granaderos siendo casi un chico, había cruzado los Andes, había peleado en Chile, había cargado en Riobamba contra fuerzas muy superiores y se había ganado un apodo que no regalaban fácil: el León de Riobamba.
No por rugir, sino por no retroceder.
Tenía fama de bravo y de frontal.
También de no achicarse ante nadie.
Dicen —y en estas cosas el “dicen” suele decir la verdad— que alguna vez Simón Bolívar quiso medirlo. Bolívar estaba acostumbrado a mandar y a que le obedezcan sin demasiadas preguntas. Lavalle, en cambio, obedecía, sí, pero no bajaba la cabeza.
En una reunión tensa de campaña, el Libertador le habría soltado una advertencia seca: que ya había hecho fusilar a oficiales insolentes, que no le temblaba el pulso. Lavalle escuchó sin interrumpir.
Cuando habló, dicen que apenas sonrió, señaló su sable y respondió algo así como que no cualquiera sabía usar uno como ese.
No fue un desafío abierto.
Fue peor.
Fue una forma elegante de decir conmigo, no. Bolívar entendió.
Y el tema quedó ahí.
Lavalle era de esos jefes que no mandan desde atrás.
De los que, cuando la cosa se pone fea, avanzan un paso más para que los otros puedan respirar.
Y eso fue exactamente lo que hizo en Moquehua.
No apareció con discursos ni con trompetas.
Apareció como aparecen siempre los que no pueden mirar para otro lado.
Se puso adelante.
Literalmente.
Entre la infantería que huía y los sables que venían por detrás.
Tenía cuatrocientos granaderos.
Cuatrocientos tipos cansados, transpirados, con caballos que ya venían pidiendo tregua desde hacía rato.
Igual cargaron.
Una vez.
Y otra.
Y otra más.
A esa altura nadie estaba contando.
O sí.
Porque cuando las cargas pasan de cinco, alguien empieza a llevar la cuenta aunque no quiera.
Diez.
Quince.
Cada vez menos hombres.
Cada vez menos caballos.
Cada vez más silencio entre carga y carga.
En un momento Lavalle junta lo que queda.
Ochenta.
Ni un escuadrón: un grupo.
Un puñado.
Ochenta sables que todavía se sostenían por orgullo más que por fuerza.
Y duda.
Porque dudar también es humano, incluso en los bronces.
Los mira.
Los caballos resoplan.
Nadie dice nada.
Hasta que alguien, desde el fondo, larga una frase corta, filosa, imposible de ignorar:
—¡Un Necochea aquí!
Todos sabían del duelo de coraje que tenían Lavalle y Necochea.
No era un insulto.
Era peor.
Era una provocación entre hermanos.
Porque los granaderos sabían de coraje, y también sabían picarse.
Lavalle lo escucha.
Y le duele.
Porque esas cosas duelen más que una herida.
Entonces contesta como contestan los que ya decidieron:
—Lo mismo sabe morir un Lavalle que un Necochea. ¡Granaderos, a la carga!
Y cargan de nuevo.
No por estrategia, ni por supervivencia.
Cargan porque hay momentos en los que el cuerpo obedece a algo más viejo que el miedo.
Veinte cargas después —sí, veinte— los realistas frenan.
No porque los hayan vencido.
Frenan porque incluso el enemigo entiende cuándo una locura merece respeto.
Los infantes patriotas pueden escapar.
Levantan heridos.
Se ayudan.
Saben que atrás quedan unos pocos cuidándoles la espalda.
Pero valen por miles.
El granadero que gritó aquella frase tenía nombre.
Serafín Melvares, sargento.
Murió en la última carga.
Como mueren los que no estaban pensando en pasar a la historia.
Moquehua fue una derrota.
De esas que en los manuales se pasan rápido.
Pero también fue una de esas historias que no se olvidan, porque explican mejor que cualquier bandera qué significa pertenecer.
Las veinte cargas de Lavalle no ganaron la batalla.
Ganaron algo más difícil: honor sin alarde.
Del que no hace ruido, pero queda.


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