Las mujeres del Ejército de los Andes
- 20 oct 2025
- 4 Min. de lectura
Actualizado: 21 oct 2025

No todo fueron uniformes, sables y proclamas. La independencia también se hizo con manos que amasaban pan al amanecer y empuñaban un fusil al caer la tarde. Mujeres que, entre sombras y silencios, dejaron la piel en los caminos de América.
No están en los manuales ni en las estatuas, pero si uno escucha con atención, siguen ahí: en la copla que se cuela por una ventana abierta, en el silbido del viento zonda, en el rumor de un fuego que chisporrotea y cuenta lo que la historia calló.
Porque mientras algunos discutían estrategias, ellas cruzaban cordilleras. Mientras se escribían proclamas, ellas cargaban heridos o llevaban mensajes a lomo de mula. Mientras se firmaban tratados, ellas se disfrazaban de hombres para poder pelear.
Martina Chapanay, Pascuala Meneses, Josefa Tenorio y La Pancha Hernández.
Cuatro nombres que suenan como campanas viejas, con eco de coraje.
No esperaron permiso ni aplauso. Hicieron lo que había que hacer.
Este no es un homenaje solemne: es una invitación a volver a nombrarlas con voz de pueblo, con respeto y con cariño.
Porque la historia —la de verdad, la que se cuenta bajito cuando el fuego baja y el vino se acaba— también se escribió con sus manos.
Martina Chapanay, la hija del Zonda
Dicen que cuando cabalgaba a pelo por las quebradas su poncho volaba cual alas de cóndor.
Mestiza, hija de huarpes y cautiva, no aceptaba los moldes de nadie: fumaba, bebía, vestía chiripá.
Y portaba un cuchillo a la cintura.
Nadie se atrevía a decirle señora.
No tenía ese aspecto.
En tiempos del cruce de los Andes, se ofreció de chasqui, y no hubo discusión: ¿quién mejor que esa mestiza salvaje para atravesar sendas imposibles llevando mensajes? Así fue como se volvió sombra y susurro en la montaña: unas veces aparecía en Uspallata, otras en el Aconcagua, siempre antes que el peligro.
Andaba como el viento, apareciendo y desapareciendo entre quebradas, llevando mensajes donde ni las mulas se animaban.
Se ganó así el apodo de “mensajera de los Andes”.
Martina no buscaba gloria. Guardó apenas una chaqueta del Ejército como recuerdo.
Hoy la leyenda la pinta como la hija indómita del Zonda.
Dicen también que murió lejos de los papeles y los honores, pero que todavía hoy, el viento lleva su nombre por toda la cordillera.
Pascuala Meneses, la granadera de corazón rebelde
En 1816, Pascuala, tenía una certeza: no iba a quedarse de brazos cruzados viendo pasar la historia.
Quiso pelear. Como no la dejaban, se vistió de hombre, se ató el pelo bajo el sombrero y se hizo llamar “Pascual Meneses”. Logró mezclarse entre los granaderos, compartió mate y fatiga como uno más.
Pero el disfraz no duró: la descubrieron en Uspallata y la obligaron a volver. Le sacaron el uniforme y la mandaron de regreso a Mendoza.
No alcanzó a entrar en batalla, pero sí en la memoria. Su atrevimiento fue su victoria: Pascuala dejó claro que las mujeres también estaban dispuestas a dar la vida por la libertad.
Josefa Tenorio, la bandera en la tormenta
Era esclava y negra, propiedad de otra mujer.
Dada su condición no tenía ni voz ni voto.
Cuando San Martín prometió libertad a los esclavos que lucharan, Josefa no dudó: se disfrazó de hombre y se presentó igual.
El general Las Heras la miró con algo más que sorpresa. Le confió una bandera, y desde entonces fue conocida como la abanderada del Ejército de los Andes.
Combatió en el cruce, en el Callao y en las campañas del 20 y el 21.
Y cuando todo terminó, escribió de puño y letra a San Martín reclamando lo prometido. Su carta fue clara: “He servido, ahora me corresponde la libertad”.
El Libertador dio la orden, y con eso Josefa dejó de ser propiedad de alguien.
Lo demás se lo ganó con su coraje.
Josefa no tuvo estatuas, pero sí canción. En candombe, su nombre sigue sonando como quien iza una bandera en plena madrugada.
La Pancha Hernández, alma de la sierra
Alta, morocha, puntana, de trenzas negras y mirada firme.
Casada con el sargento Dionisio Hernández, no se conformó con esperarlo en casa: pidió permiso a San Martín para marchar junto a los granaderos.
Y el Libertador accedió.
Se cortó las trenzas, se vistió de uniforme y se colgó sable y pistolas.
Cruzó la cordillera, entró en Lima, marchó en la Campaña de la Sierra y soportó la fatal Expedición de los Puertos Intermedios.
En Torata y Moquegua, peleó en el Escuadrón Sagrado al lado de Lavalle, Pringles y su propio marido.
Cuando Dionisio fue herido, lo sostuvo del brazo hasta sacarlo de la derrota, atravesando arenales hasta el puerto de Ilo.
Dicen que llegó exhausta y cubierta de gloria.
Después, la historia los perdió.
Pero San Luis todavía la nombra con orgullo: La Pancha, corazón granadero.
Epílogo: el eco de sus pasos
Martina, Pascuala, Josefa y La Pancha.
Distintas en origen, iguales en coraje.
Una mensajera que volaba entre montañas, una granadera que se disfrazó de hombre, una esclava que levantó bandera y una puntana que marchó sable en mano al lado de su marido.
No hubo bronce para ellas, pero sí memoria popular.
Se las nombra en coplas, se las rescata en relatos, se las imagina en fogones donde el vino agrio pasa de mano en mano y alguien dice, bajito:
—No fueron menos que nadie. Fueron parte de lo que somos.
Y entonces el fuego chisporrotea como si aplaudiera."


Increíble!