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La plomeria y otros infiernos domésticos

  • 1 dic 2025
  • 3 Min. de lectura

Hay trabajos de la casa que a mí me gustan, de verdad. La carpintería, por ejemplo: agarrar una tabla, medir, cortar, lijar, encajar todo y terminar con un mueble que huele a viruta y a orgullo.

Eso es belleza, hermano.

La electricidad también me cae bien. Cambiar un foco, poner una tecla, acomodar un cable. Cosas limpias, ordenadas.

Uno toca un cable y —paf— se hace la luz.

Y ahí estoy yo, con las manos en la cintura, sintiéndome medio Tesla, medio sabio del barrio.

Hasta cortar el césped me gusta, aunque ahora la espalda se me queje como un jubilado en asamblea.

Es un dolor honesto.

Pero lo termino, miro el jardín prolijito y me digo: “qué lindo que quedó esto, viejo”.

Eso me da paz.

Pero la plomería…

La plomería es otra cosa.

Es satanás, disfrazado de oficio.

Es la parte oscura de la caja de herramientas.

No entiendo cómo alguien puede disfrutarla.

Que tiene de placentero el meterse dentro de un bajo mesada qué huele a humedad del 86, en posición de origami humano, con la linterna agarrada con los dientes mientras que el agua decide justo brotar hacia tu oreja?

Todo en la plomería te obliga a doblarte, a agacharte, a meter la cabeza en posiciones que desafían a la anatomía y al sentido común.

Es escuchar la palabra “pérdida” y que la cintura ya comience a protestar.

Es mi Vietnam doméstico.

Yo puedo poner un estante, armar un mueble, cambiar una llave de luz.

Todo eso.

Pero si alguien me dice “che, fijate que la canilla del baño gotea”, ya siento un escalofrío en la espalda que me avisa: “Retírate mientras puedas, soldado. La guerra del sapito te espera”.

Y ahí voy yo, como un héroe torpe, con la caja de herramientas en la mano, sabiendo que en cinco minutos voy a estar puteando en lenguas antiguas, con la remera mojada y la dignidad chorreadita por el piso.

La carpintería ennoblece.

La electricidad deslumbra.

El jardín alegra.

Pero la plomería… la plomería te recuerda que somos frágiles, mortales, y que el agua, aunque parezca mansa, siempre gana.

Y hoy, obviamente, me tocó enfrentarla otra vez.

Todo empezó por un cuerito.

Una pavada.

Una cosita mínima.

Pero claro: era de 3/8”, de silicona, un unicornio del rubro.

Solo se consigue en esas casas de agua y gas donde te atiende un tipo que reconoce las roscas con solo mirarte.

¿Y hoy?

Cerradas.

Todas. Como si hubieran pactado entre ellas hacerme la vida imposible.

Así que improvisé.

Busqué un pedacito de goma y fabriqué mi cuerito alternativo, como un cirujano desesperado armando un órgano con un pedazo de suéter.

Y lo más loco es que parece que quedó.

Por lo menos no explota ni llueve adentro del bajo mesada.

Para mí ya es victoria.

Pero estamos cambiando el mueble, y ahí vino el golpe bajo: el sifón quedó corto.

Corto de esos centímetros que te arruinan el día sin darte cuenta.

Y ahí empezó mi calvario.

Probé mil veces.

Mil combinaciones imposibles.

Torcido, agachado, con la linterna agarrada con los dientes.

En un momento ya no sabía si estaba trabajando en un sifón o haciendo yoga acrobático sin instructor.

El sifón no cedió.

Me ganó por abandono.

Y yo, doblegado como un número siete vencido, sentí cómo mi espalda presentaba una queja formal.

Ahora estoy acá, después de un baño caliente, acostado con la almohadita térmica en la cintura, entregado a la tregua nocturna.

Siento dolor en lugares que nunca pedí tener y la dignidad la dejé ahí abajo, en el mueble nuevo, entre tornillos y puteadas.

Mañana volveré a la carga.

Voy a comprar el sifón más largo, el que corresponda, y voy a plantarme frente a ese bajo mesada como quien vuelve al campo de batalla.

Y si la plomería me vuelve a ganar…

Bueno, siempre queda la opción más humana y adulta:

llamar a un plomero y explicarle —con voz seria— que lo que yo hice hoy fue una intervención preliminar.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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