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La herencia de las mañas

  • 20 ene
  • 2 Min. de lectura

Uno no hereda ADN.

Heredás mañas.

Ese gesto de levantar la ceja cuando algo no te convence.

La forma de apoyar la mano en la mesa como quien avisa: “bueno, escuchá, porque esto importa”.

Ese suspiro absurdo que sale solo cuando el cansancio te anda buscando desde temprano.

¿Y de dónde sale todo eso?

De ellos.

De los que ya no están en la mesa, pero siguen dejando pequeñas marcas por toda la casa.

Como si hubieran decidido legarte un puñado de hábitos mínimos, más fieles que cualquier recuerdo demasiado ordenadito.

Uno cree que extraña un cuerpo, pero no.

Lo que duele es la costumbre compartida: el sonido de la llave, la puerta que siempre abría igual,

el remate de un chiste malo que ahora te hace reír solo a vos.

Porque no somos mitad mamá y mitad papá: somos una continuación rara, hecha de repetir gestos que se nos pegaron sin pedir permiso.

Un eco doméstico.

Y un día, sin aviso, soltás una carcajada y escuchás la risa de tu viejo saliendo de tu propia garganta.

O das un consejo y te sorprende el tono, la pausa, esa manera suave que tenía tu vieja de acomodarte el alma.

Y entendés que no se fueron: cambiaron de forma.

El duelo —mirá qué paradoja— es como una casa a la que de pronto le cierran una ventana.

La luz ya no entra igual.

Hace un frío nuevo.

Las habitaciones siguen en su sitio, pero nada responde de la misma manera.

Y vos caminás despacio, tanteando, hasta que de a poco aprendés a convivir con esa sombra que se instaló sin pedir permiso.

Y siempre llega un día —uno solo, pero alcanza— en que abrís un cajón, se cae una foto gastada, o un olor viejo te sale al cruce… y se desarma todo.

Porque vuelven.

No como fantasmas ruidosos, sino como un gesto chiquito que te acomoda el alma de costado.

Al final, lo que amamos no se queda en los genes: se queda en las maneras.

En cómo hablás con tus hijos.

En cómo mirás a tu esposa cuando está distraída.

En esa pausa mínima antes de largar una pavada, porque así hacía él.

Esa es la herencia verdadera: una presencia discreta que no ocupa lugar, pero te acompaña siempre.

Y cada tanto, cuando el espejo te agarra desarmado, aparece una mirada que no es solo tuya.

Y alguien —sin hacer ruido— te dice:

Tranquilo, acá estoy.


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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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