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El último lavado

  • 16 abr
  • 2 Min. de lectura

Algunos dicen que no hay que encariñarse con las cosas. Lo dicen liviano, como quien recomienda no poner azúcar de más en el café. Después la vida se encarga de demostrarles que no es tan simple.

Estoy en el patio, con la manguera en la mano, y el negrito ahí, quieto, como siempre.

Mi Gol Trend.

Le paso la esponja despacio, tratando de estirar este rato un poco más.

Mañana se va.

Y llega otro, más nuevo, más brillante, con ese olor a cero kilómetro que te hace sentir que todo empieza de nuevo.

Pero esto… esto se termina hoy.

Le hablo en voz baja. No porque crea que me entiende, aunque a esta altura no pondría las manos en el fuego por eso, sino porque hay cosas que solo se pueden decir así, bajito, sin testigos.

Le digo gracias.

Gracias por no fallar nunca.

Que parece poco hasta que te deja de pasar.

Gracias por cada viaje cargado hasta el techo, por cada bolsito que no entraba y entró igual. Por los mates en la ruta, por los silencios largos, por las charlas que no terminaban más. Por bancarte caminos que no eran caminos, por meterte en tormentas que daban miedo y salir igual, como si nada.

Abro la puerta. Ese ruido de siempre, al llegar al tope. Nunca se lo pude sacar. Probé de todo. Quedó igual. Y con el tiempo, ya no molestaba.

Era él.

Me acuerdo del tornado. Ese día en que el cielo se volvió raro y el viento no pedía permiso. Un pedazo de árbol le partió la puerta trasera. Cualquiera hubiese dicho "hasta acá llegamos". Pero no. Arrancó como siempre. Y seguimos. Medio torcido, sí, pero entero en lo importante.

Hay cosas que no se rompen aunque se rompan.

Con el negrito conocimos medio país. A esta altura los mapas se mezclan con los recuerdos. Rutas largas, estaciones de servicio con café dudoso, pueblos que aparecían de golpe y desaparecían igual de rápido. El auto cargado, la familia adentro, y esa sensación de estar yendo a algún lado aunque no siempre supiéramos bien a dónde.

Y nunca, ni una sola vez, nos dejó a pie.

Eso no es un dato técnico.

Eso es otra cosa.

Le tiro un poco más de agua, limpio las llantas, paso el trapo con cuidado.

Lo miro.

Está igual de siempre. Noble. Discreto. Brillante.

Mañana lo entrego.

Y sí, me van a decir que es un auto, que es fierro, plástico, cuatro ruedas y un motor.

Que el nuevo va a ser mejor en todo.

Puede ser.

Pero este… este fue otra cosa.

No hace falta que lo entienda nadie más.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

2026 Raúl Oscar López - Todos los derechos reservados.

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