El gol de la amistad perdida
- 9 nov 2025
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En los arrabales de Bajo Flores, donde las calles tienen nombres de santos olvidados y los faroles parpadean como si dudaran de su propia existencia, había una canchita que no figuraba en ningún mapa, pero que todos conocían.
Era un rectángulo de tierra reseca, con arcos hechos de caños torcidos y una red que alguna vez fue una sábana.
Allí, el fútbol no era un deporte: era un idioma, una religión, una manera de pelearle a la vida sin pegarle a nadie. O casi.
Mateo y Luca fueron, alguna vez, los príncipes de esa cancha.
Desde pibes, inseparables como el mate y la pava, compartían todo: la pelota, los sueños, los sánguches de milanesa que la madre de Mateo preparaba los domingos.
Mateo tenía una zurda que parecía dictada por los dioses, capaz de meter un gol desde el medio de la nada.
Luca, en cambio, era puro corazón: corría, metía, gritaba, y si la pelota no entraba, él mismo se metía al arco con todo y orgullo.
Eran el diez y el cinco, el cerebro y el pulmón, el tango y el bandoneón.
Pero las amistades, como los amores, a veces se quiebran por cosas que no se explican del todo.
Hace un año, en un torneo barrial, Luca, borracho de adolescencia y de celos, le robó a Mateo una chance: un ojeador de un club grande estaba en la tribuna, y Luca, en vez de pasarle la pelota en una jugada clara, se mandó solo y la tiró a la mierda.
El ojeador se fue, el pase soñado se esfumó, y Mateo, con el alma rota, le dijo cosas que no se dicen.
Luca respondió con un silencio que pesó más que un insulto.
Desde entonces, no se hablaron.
Cada uno siguió pateando, pero en canchas distintas, como dos planetas que alguna vez orbitaron juntos.
El destino, que siempre anda con ganas de joder, los cruzó de nuevo un sábado de septiembre, en un torneo relámpago organizado por Don Anselmo, un exárbitro que ahora vendía choripanes pero seguía pitando con la solemnidad de un juez de la Corte.
Los equipos: los "Pibes del Puente", con Mateo como enganche, contra los "Halcones del Sur", con Luca de capitán.
La cancha estaba llena: los chicos del barrio, los viejos con sus termos, hasta el perro del canchero que parecía entender de fútbol.
El aire olía a tierra mojada y a revancha.
El partido empezó como una guerra fría.
Mateo esquivaba a Luca con la pelota, pero también con la mirada.
Luca, en el medio, marcaba como si quisiera borrar a su ex amigo del mapa.
A los quince minutos, los Halcones metieron un gol de cabeza, y Luca festejó mirando a Mateo, como diciendo "esto es por vos".
Mateo respondió con una jugada que parecía un soneto: caño, sombrero, y un zurdazo que rozó el palo. Empate.
Pero el partido no era sobre goles: era sobre ellos.
En el entretiempo, Don Anselmo, que tenía más de filósofo que de choripanero, se acercó a Mateo, que estaba sentado en un yuyo, mirando el horizonte.
—Pibe—, le dijo, con esa voz que parecía salir de un radioteatro, —el fútbol no es para ganar. Es para contar quién sos. Y vos, con ese amigo que perdiste, todavía tenés cosas que decir.
Mateo no contestó, pero algo se le removió, como si un recuerdo le pateara el alma.
El segundo tiempo fue un poema épico.
Los Pibes del Puente empataron con un gol de Mateo, que dedicó al cielo, no a Luca.
Faltando un minuto, penal para los Halcones.
Luca, que nunca pateaba penales porque le temblaban las piernas, agarró la pelota.
Todos esperaban el gol, la victoria, el fin.
Pero Luca, parado frente al arco, miró a Mateo, que estaba en la barrera, y algo en él se quebró.
No pateó fuerte, no buscó el ángulo.
Le pegó suave, al medio, como quien pide perdón.
El arquero, un gordo que se tiraba mal, la atajó sin querer.
El partido terminó 1-1.
Nadie ganó, pero nadie perdió del todo.
Después del silbato, Luca se acercó a Mateo, que estaba juntando sus cosas.
No hubo palabras grandilocuentes, porque en el barrio las palabras sobran.
Solo un
—che, boludo, ¿mañana venís a la cancha?.
Mateo, con media sonrisa, respondió:
—Si traés la pelota...
Y se fueron juntos, pateando una piedra, mientras el sol se escondía detrás de los techos de chapa.
En Bajo Flores, dicen, los amigos se pelean, pero el fútbol los junta.
Y en esa cancha, donde los goles valen menos que las miradas, Mateo y Luca volvieron a ser lo que eran: dos pibes, una pelota, un sueño.


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