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El chico que hablaba con Nippur

  • 7 nov 2025
  • 5 Min. de lectura

Cuando era chico, el mundo me entraba en una revista.

No una cualquiera, sino esas que venían con olor a tinta y aventura: El Tony, D’Artagnan, Nippur Magnum, Skorpio.

Las devoraba. Y no lo digo en sentido figurado: las leía hasta gastar las grapas del lomo, hasta que el papel se ponía suave de tanto pasarlo.

Tenía un ritual: primero los menos esperados, los de relleno; y después, como postre, los grandes —Nippur de Lagash, el eterno errante; Gilgamesh, Dago, Kayan, Or-Grun, Jackaroe… héroes con más cicatrices que palabras. De chico no sabía que Robin Wood no solo escribía historias: construía mitologías para pibes que soñaban con espadas, desiertos y justicia.

Eran los 80.

El ruido del ventilador, la siesta larga, el mate que mi vieja me dejaba cerca.

Y yo ahí, perdido en esas viñetas, creyendo que algún día también podría crear un personaje que caminara su propio destino.

A veces pienso que mi pasión por escribir nació ahí, entre los diálogos con letras mayúsculas y los trazos negros de un dibujante que nunca supe cómo se llamaba. Ellos eran los verdaderos superhéroes: los que inventaban mundos con una birome y un papel.

El kiosquero del barrio se llamaba Don Julio. Tenía los dedos manchados de tinta y el alma llena de paciencia. Era un tipo que sabía más de nuestros gustos que nuestras propias madres.

—¿Salió el Tony, Don Julio?

—Recién, recién. Calentito todavía, como el pan —decía, y me lo alcanzaba envuelto en papel marrón, como si fuera un tesoro.

Yo me iba apurado, casi corriendo, con esa mezcla de ansiedad y felicidad que solo se siente cuando uno tiene una aventura en las manos.

En casa, la ceremonia era sagrada: silencio, un vaso de Fanta, y el sillón.

El resto del mundo podía caerse a pedazos; yo me iba a Babilonia con Nippur o a Venecia con Dago.

A veces las revistas las intercambiábamos en la escuela. Había toda una economía paralela de trueques, favores y préstamos eternos. Algunas volvían, otras no.

Existían varios tipos de ediciones, las más económicas eran las "Todo Color", "Extra Color", y las más caras: los "Super Anual" o "Anuarios", y para nosotros, en los canjes valían: un "Super Anual" por dos "Todo Color" o "Extra Color".

Pero no importaba: lo esencial era la historia.

Porque esos héroes —tan lejanos y tan nuestros— hablaban de algo que en el fondo todos queríamos: ser fieles a un código, resistir aunque duela, caminar aunque no haya destino.

A veces era papá el que traía las revistas. Volvía de algún trámite o viaje corto, y aparecía con un par de ejemplares bajo el brazo, envueltos en el diario del día.

Era su manera de decir “pensé en vos”.

Después venía lo de siempre: la mesa, los mates, el olor a tinta y papel.

Por que en casa todos leíamos.

Era casi un ritual.

Mientras los mates iban y venían, cada uno se perdía en su mundo:

yo con mis historietas;

mis hermanos mayores, con El Gráfico o Goles;

mi hermana, con algún Corín Tellado doblado en las puntas;

mamá, fiel a Intervalo o alguna revista de actualidad;

y papá, como siempre, detrás del diario, con los anteojos un poco torcidos.

Y ojo, que había diálogo, eh.

Entre mate y mate, alguno comentaba una jugada, una historia, un titular, y todos opinábamos como si el país dependiera de eso.

Familia, mates, radio y lectura.

Mi mundo ideal.

Mamá, por ejemplo, era del bando de Intervalo. Historias más profundas, con aroma a novela y corazón de telenovela.

Yo las miraba de reojo, claro, porque si no había acción, sangre o suspenso, me aburría. Pero hoy las leo y me encantan. Tenían otra velocidad, otro pulso.

Eran como ella: suaves por fuera, pero con un mundo adentro.

Los dibujantes, en cambio, eran de la hostia. Verdaderos artistas que hacían más con una línea que muchos con cien palabras. A veces me quedaba mirando una viñeta más tiempo del necesario, hipnotizado por la luz, la sombra, el movimiento detenido en un trazo. Sin saberlo, estaba aprendiendo lo que es el ritmo de una historia, el silencio entre las líneas, eso que después uno intenta atrapar cuando escribe.

Con el tiempo entendí que aquellas historietas no eran solo entretenimiento: eran escuela.

Ahí aprendí ritmo, tensión, climas. Robin Wood me enseñó que hasta el héroe más duro necesita un silencio para pensar. Que el coraje sin dudas también puede doler. Que una historia no necesita finales felices, sino verdaderos. Cada viñeta tenía música, pausa, mirada. Esa manera de dejar una sombra en la esquina del cuadro, de cortar justo cuando el personaje iba a hablar… eso era literatura, aunque yo todavía no lo supiera.

Hoy, cuando escribo, todavía escucho el eco de esas páginas.

A veces un diálogo se me escapa con tono de Nippur; otras, un gesto seco de Dago se mete sin permiso en mis personajes.

Y me gusta que sea así.

Porque uno escribe con lo que leyó, con lo que vivió, y también con lo que soñó en una siesta larga de verano.

En mi voraz lectura, cada personaje tenía su voz.

No las leía: las escuchaba. Nippur, con su tono grave y pausado, hablaba como si cada palabra pesara siglos. Dago, en cambio, era seco, cortante, como una espada que no pide permiso. Savarese tenía una voz finita, de esas que suenan más en la cabeza que en el aire. Y Or-Grun… Or-Grun era una caverna. Una voz profunda, metálica, como si hablara desde el fondo de una montaña.

Yo hacía las voces en silencio, moviendo apenas los labios, como un actor que ensaya a escondidas.

A veces mamá me veía y se sonreía:

—Estás hablando solo, Raulito...

Y yo no le explicaba nada, porque ¿cómo explicarle que estaba en medio de un combate en la antigua Lagash?

Esas tardes eran puro teatro de imaginación. Ni tele, ni consolas, ni pantallas: apenas papel, tinta, y la certeza de que, con un par de voces bien puestas, uno podía viajar siglos

Hoy esas revistas ya no están.

Desaparecieron como los kioscos de barrio, como los discos de vinilo en las piezas adolescentes, como tantas cosas que parecían eternas.

A veces encuentro alguna en una feria, amarillenta, con el papel quebradizo y el precio en australes. La agarro con cuidado, como si fuera una reliquia.

Y lo es.

La abro y el olor me devuelve al chico que fui.

Ahí está Nippur, firme como siempre, con su mirada cansada y su dignidad intacta. Ahí anda Dago, todavía escapando de su destino.

Y yo, leyéndolos una vez más, tratando de escuchar sus voces, como cuando tenía diez años.

Lamento que ya no existan esas historietas, sí.

Pero también me alegra haber vivido en el tiempo en que existieron.

Porque en esas páginas aprendí que los héroes no usan capa: a veces llevan espada, otras apenas un lápiz, pero siempre caminan —aunque el mundo se desmorone— con una historia bajo el brazo…

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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