El alias de la desgracia
- 3 jun
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Hay edades en las que uno ya no aprende tecnología. La negocia.
Uno acepta ciertas cosas: que el banco ahora vive adentro del teléfono, que para comprar queso de máquina hay que enfocar cuadraditos negros, y que una pizza casera puede implicar más pasos financieros que comprar un terreno en los noventa.
La idea era sencilla: pizzas a la noche, algo tranquilo. Jamón, muzza, un salamincito porque siempre aparece alguien diciendo “cortemos un poquito antes”. Fui a la fiambrería de siempre, la del barrio, donde ya ni preguntan el nombre porque te reconocen por cara, costumbre o colesterol.
Cuando llegó la hora de pagar vi el QR pegado cerca de la caja y un cartel que decía Sabor Criollo.
Listo, pensé.
Tecnología dominada.
—¿Te transfiero a “Sabor Criollo”? —pregunté, con una seguridad que después descubriría totalmente injustificada.
—Sí —contestó la empleada.
Y ahí estuvo mi error.
Porque el ser humano, cuando recibe un “sí”, siente que el universo le acaba de firmar un permiso para mandarse una macana.
Escribí Sabor Criollo en alias. Apareció un nombre: Marta Villalba.
No me llamó la atención.
Hoy uno ya está acostumbrado a que las cuentas tengan nombres extraños, emprendimientos familiares, iniciales misteriosas o gente que vende sandwiches de miga bajo alias tipo Black Panther Fitness.
Transferí.
Veintiocho mil doscientos noventa pesos.
Con esa tranquilidad del hombre que siente que hizo las cosas bien, le mostré el celular a la empleada.
Miró dos segundos.
Dos.
Y dijo la frase que tiene la delicadeza de una patada en el tobillo:
—Nooo… ese no era.
Hay un silencio raro cuando uno acaba de hacer algo irreversible.
El mismo que queda después de mandar un audio al grupo equivocado o decir “yo manejo” cinco minutos antes de pinchar una rueda.
—¿Cómo que no era? —pregunté, todavía creyendo que quizá el dinero podía volver solo por vergüenza.
—El negocio se llama Sabor Criollo, pero no es el alias.
Lo dijo con la serenidad de quien informa que mañana refresca un poco.
Y ahí apareció una injusticia moderna.
Porque yo había preguntado.
No me lancé a lo loco. Consulté.
—¿Te transfiero a Sabor Criollo?
—Sí.
Una respuesta tan firme que cualquiera la habría tomado como un contrato moral.
Pero no.
En el siglo XXI ya no se puede confiar ni en los sustantivos.
El negocio se llama Sabor Criollo. El alias no es Sabor Criollo. El QR estaba ahí, pero aparentemente de adorno. Y yo acababa de hacer una transferencia involuntaria a una señora llamada Marta Villalba que, en algún rincón del país, quizá estaba mirando el teléfono y pensando:
Qué raro. O heredé algo… o Dios anda repartiendo premios sin criterio.
La empleada, mientras tanto, empezó a practicar una técnica ancestral del comercio argentino: hacerse suavemente la distraída.
Yo seguía parado frente al mostrador con la cara de un hombre que acababa de financiar una picada ajena.
—¿Y ahora qué hago?
Encogió apenas los hombros.
La expresión decía “qué macana”, pero el cuerpo entero transmitía algo bastante parecido a “a mi no me metas”.
Así que hice algo profundamente argentino.
Pagué de nuevo.
Porque ya estaba el jamón cortado, el queso embolsado y la dignidad comprometida.
Transferí otra vez. Esta vez al alias correcto, que seguramente tenía un nombre tranquilizador, algo tipo JuanchoFiambres o Muzzarella_ok.
Salí recaliente. Pero recaliente de verdad.
Una bronca silenciosa, que te obliga a caminar rápido mientras hacés cuentas mentales.
Veintiocho mil pesos.
Una pizza acababa de dejar de ser comida para convertirse en una inversión de riesgo.
Ahí nomás vi otro local.
Se llamaba Sabor Pampeano.
Y pensé algo completamente razonable para un hombre alterado:
voy a investigar.
Entré.
—Disculpame… ¿Marta Villalba es la titular del negocio?
La mujer del mostrador me miró con una mezcla de sospecha y preocupación, como si estuviera a punto de preguntarle por el paradero de un espía internacional.
—No…
Y ahí me vi.
Un señor caminando con bolsas de fiambre en la mano, preguntando por una desconocida.
Mitad detective. Mitad hombre al borde de perder la paciencia.
Volví a casa con cara de tipo al que acababan de estafar.
Pero legalmente.
Porque encima nadie te roba. Ese es el problema.
La plata la mandaste vos.
Sin hackers, sin motos sospechosas, sin príncipes nigerianos.
La mandaste vos.
Con total convicción.
Entré y Gra me vio la cara.
Después de tantos años de matrimonio hay expresiones que ya vienen traducidas.
—¿Qué pasó?
Apoyé el fiambre arriba de la mesa con el dramatismo de quien vuelve de una guerra administrativa.
—Acabo de regalar veintiocho mil pesos.
Silencio.
Ese silencio matrimonial donde el otro todavía no sabe si abrazarte o empezar a reírse.
Le conté todo.
El QR. El alias. La empleada. La aparición de Marta Villalba como personaje inesperado de una tragedia financiera.
Mientras hablaba me fui obsesionando. Porque uno no acepta perder plata así nomás.
Uno investiga.
Se transforma en una criatura rara: mezcla de Sherlock Holmes, vecino curioso y jubilado con tiempo libre.
Busqué. Googleé. Miré nombres. Direcciones. Negocios.
Hice cosas que hace unos años habría considerado brujería digital.
Si me veía el Raúl de los noventa, el que pagaba todo con efectivo y llevaba billetes doblados en el bolsillo, probablemente me denunciaba por magia negra.
En un momento hasta logré averiguar de dónde parecía ser Marta Villalba.
Ya me imaginaba golpeándole la puerta.
—Buenas tardes, Marta. Mire… técnicamente usted y yo ya tenemos una relación económica.
Hice el reclamo en Mercado Pago. Una experiencia espiritual.
Uno aprieta botones mientras la aplicación responde con un optimismo casi ofensivo.
Estamos revisando tu caso ❤️ (SI, CON CORAZONCITO Y TODO)
Hermano.
Me faltan veintiocho mil pesos.
No me mandes un corazón.
Decía que en dos días hábiles resolvían. Dos días hábiles. Hermoso concepto.
Cuando la plata es tuya, dos días hábiles duran lo mismo que un invierno ruso.
La noche siguió.
Había pizzas. Sí. Pero ya no eran pizzas normales. Eran pizzas emocionalmente caras.
Cada aceituna parecía venir con intereses. Cada porción tenía aroma a trámite. Comíamos y yo seguía mirando el celular.
Lo agarraba. Miraba Mercado Pago. Lo dejaba. Volvía a agarrarlo.
Con la esperanza de que Marta escribiera de golpe:
Disculpá, me encariñé con la transferencia.
Hasta que pasó.
El sonido.
Ese “tin” del teléfono.
Lo miré sin esperanza.
Y ahí estaba. Un depósito.
Veintiocho mil doscientos noventa pesos.
Marta Villalba.
Te juro que sentí alivio. Pero también algo parecido a ternura.
Porque de golpe ese nombre desconocido dejaba de ser un problema y se transformaba en persona.
Una señora cualquiera, en algún rincón de Argentina, viendo plata ajena y diciendo algo que parece cada vez menos frecuente:
—Esto no es mío.
Brindamos.
Bueno.
“Brindamos” es una manera elegante de decir que levanté un vaso y dije:
—Marta, donde esté… ojalá la pizza nunca le llegue fría.
Desde entonces, antes de transferir, miro el QR con el mismo respeto con el que mi viejo miraba un cable pelado.
Y pregunto tres veces.
Ya no confío ni en los nombres.


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