A veces ladro
- 25 nov 2025
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Hay mañanas en las que me despierto cruzado, sin causa aparente, como si durante la noche alguien me hubiera cambiado el manual de instrucciones del mundo.
Abro un ojo, después el otro, y ya siento que algo está torcido.
No sé si es el clima, la almohada o esa costumbre humana de pretender que todo tiene que arrancar bien porque sí.
Entonces, aviso.
No digo nada, claro, pero pongo mi mejor cara de fastidio, esa expresión que en casa ya conocen como “no lo toquen que muerde”.
Una advertencia sutil, diplomática.
Yo hago mi parte: ceño fruncido, silencio, tránsito lento hacia la cocina.
Pero siempre hay alguien —siempre— que no registra el semáforo en rojo y me habla.
Y ahí ladro.
No un ladrido real, por supuesto.
Es más un gruñido literario, un “¿qué?” seco, una respuesta corta que sale antes de que el día todavía encuentre su forma.
Después me arrepiento, pero en el momento soy puro instinto.
Es un reflejo, como patear la mesa cuando te pegás en el dedo chiquito del pie.
No me dura para siempre.
Llega un punto en el que el enojo empieza a aflojar, como la espuma del mate cuando te distraés.
De golpe, el mundo vuelve a parecer un poquito menos hostil.
A veces necesito media hora.
Otras, una hora larga, de esas que se estiran como chicle.
No es maldad, ni amargura, ni rebeldía.
Es que me cuesta conciliarme con la realidad apenas me despierto.
Necesito que el día me pida permiso.
Y entonces, cuando finalmente me aburro de gruñirle al aire, me ablando.
Se me acomoda la mandíbula, se me ordenan los pensamientos y me dejo alcanzar por las cosas simples: el olor del café, un mensaje querido, un recuerdo que no pelea.
Ahí vuelvo a ser yo.
Mientras tanto, si ladro… paciencia.
Después me abueno.
Siempre me abueno.
Aunque algunos días tarde un poco más que otros.


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