Una visita al atardecer
- 12 dic 2025
- 2 Min. de lectura

Ayer a la tarde salí a regar el jardín.
No por amor a la botánica, aclaro.
Salí porque el pasto estaba tan seco que crujía, y porque uno, llegado a cierta edad, riega cosas para no pensar en otras.
Abrí la canilla y el agua salió con ese tsshh que ya te baja dos cambios.
Es increíble: uno puede venir todo torcido desde la mañana, pero abrís una canilla y algo se ordena.
No la vida, tampoco exageremos.
Pero el ánimo, ponele.
El pasto parecía agradecer en silencio.
O en crujido, que es su forma de hablar cuando está al límite.
De fondo había un chamamé en la radio.
Bajito.
De esos que no se imponen, que te acompañan como el tío que se sienta en la punta de la mesa y no molesta a nadie.
Música ideal para regar y pensar cosas que no tienen solución inmediata.
Yo hacía círculos con la manguera —porque todos hacemos círculos, aunque nadie sepa explicar por qué— cuando sentí que alguien me miraba.
Bajé la vista.
Un hornerito.
Parado ahí, a medio metro, con una calma envidiable. No se asustó. No voló. Me miraba como diciendo: “seguí, seguí, que vas bien”.
Tenía esa cara de inspector de obra chiquito, serio, sin mala intención.
Y yo, claro, le hablé.
Porque uno puede vivir solo, pero no mudo.
Le dije cosas sin importancia.
Comentarios técnicos sobre el estado del jardín.
Opiniones generales sobre el clima.
Alguna reflexión innecesaria.
Él escuchaba.
En serio.
Movía la cabeza apenas, como hacen los pájaros cuando te hacen sentir que te están prestando atención de verdad, cosa que no siempre logra la gente.
Pensé en sacar el celular para sacar una foto.
Después me di cuenta de que no lo tenía encima.
Y mejor.
Hay momentos que si los fotografiás se arruinan un poco, como cuando alguien te pide que repitas un chiste que ya salió bien.
En un momento se me cruzó una idea rara.
No mística, tampoco racional.
Rara nomás.
Pensé: ¿y si este no es solo un hornerito?
¿Y si es alguien que vuelve así, despacito, sin avisar, para ver cómo estamos?
No lo dije en voz alta, por las dudas.
Hay pensamientos que si los pronunciás se ponen tímidos y se van.
El hornerito me siguió mientras regaba.
Donde caía el agua, él iba.
Como marcando zonas críticas.
Cuando cerré la canilla, levantó vuelo.
Sin ruido.
Sin despedida.
Como quien ya cumplió.
Entré a casa con esa sensación rara, tibia.
No era una revelación, ni un milagro.
Algo más chico.
Más manejable.
Como cuando te acordás de alguien y no duele tanto.
Y pensé que quizá los que ya no están hacen eso:
aparecen en forma de olor, de canción, de recuerdo inoportuno…
o se disfrazan con plumas justo a la hora en que el pasto y uno necesitan agua.
Nada más.
Y nada menos.


Comentarios