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Partir no es irse

  • 29 oct 2025
  • 5 Min. de lectura

Actualizado: 30 oct 2025

El día que terminé la secundaria en Curuzú Cuatiá, el aire tenía otro peso.

El pueblo seguía igual, pero yo ya no.

Había llegado la hora de decidir.

Y uno, con diecisiete años y más dudas que certezas, debía elegir qué estudiar, adónde ir y cómo empezar a ser grande de golpe.

En casa el tema se repetía cada noche: la plata, el alojamiento, los libros, el miedo.

—Algo con salida laboral, hijo —decía mi viejo.

—Pero que te guste, no vayas a estar sufriendo toda la vida —agregaba mamá, mientras servía el guiso.

Yo pensaba en Resistencia o Corrientes.

Eran nombres grandes, con avenidas y colectivos que pasaban cada diez minutos.

Lugares donde nadie te saluda por la vereda ni te pregunta de quién sos hijo.

Con el fin de clases, el pueblo empezó a cambiar de ritmo.

El último mes fue raro: una mezcla de nostalgia anticipada y vértigo.


Los amigos hablaban de irse, de quedarse, de probar suerte.

Algunos ya tenían trabajo en el taller del tío o en la gomería del primo.

Otros, como yo, seguíamos haciendo listas de cosas que no sabíamos si íbamos a poder pagar: la pensión, la comida, los apuntes, la nostalgia.


Al final, Corrientes fue la elegida, porque ahÍ vivía mi tÍo Pocho, hermano de mi mamá, en el barrio Camba Cuá, con su esposa y dos chicos chicos.

Ellos me iban a recibir “hasta que consiguiera algo”. Esa frase me quedó rebotando en la cabeza. Nadie sabía cuánto duraba “algo”.


Las noches previas al viaje no dormí.

No tenía miedo, era esa ansiedad silenciosa que da saber que algo termina.

En la pieza, con la valija abierta y el ventilador dando vueltas, trataba de imaginar mi nueva vida.

Me veía lavando ropa en una palangana, cocinando arroz para tres días y llamando a casa solo para decir que todo estaba bien.


El día del viaje amaneció nublado.

Mamá me metió un rosario en el bolsillo del jean.

Mi viejo no dijo mucho, carraspeó, apretó la mandíbula y me abrazó sin apuro.

En la terminal, los amigos vinieron a despedirme. Bromas, fotos, abrazos. Nadie quería decir lo que en realidad sentía: que algo se estaba rompiendo y no sabíamos si volvería a ser igual.

El micro arrancó despacio.

Desde la ventanilla, el pueblo se fue quedando atrás, chico, tranquilo, inmóvil.

No lloré, pero el pecho dolía.

El camino se estiró entre pensamientos, y cuando el amanecer empezó a clarear, Corrientes ya me esperaba con su ruido de ciudad y olor a chipá caliente.


Primeros días de ciudad


El colectivo llegó a Corrientes al amanecer.

La terminal era un caos de bolsos, vendedores de chipá y altavoces que gritaban destinos imposibles.

Yo me quedé quieto, con el bolso al hombro, tratando de entender por dónde se empezaba. Saqué el papel arrugado del bolsillo con la dirección de la casa de mi tio.

Y hacia allá encaminé.


La primera semana fue una mezcla de entusiasmo y desorientación.

Corrientes tenía su propio ritmo, más apurado, más ruidoso. Las calles olían a tierra caliente y mandarinas.

Los colectivos pasaban cuando querían, y los choferes paraban por lástima, no por horario.


Al poco tiempo me inscribí en Contador Público.


El formulario lo llené sin ganas, con esa resignación adulta que uno confunde con madurez.


No era mi sueño, ni de cerca.


Pero a mi viejo se le notó la tranquilidad apenas oyó la palabra contador.


Era una palabra sólida, con olor a sueldo fijo, a oficina con aire acondicionado y horarios estables. Nada que ver con mis delirios de biblioteca y guerras del siglo XIX.

Porque, si me apurás, lo que yo quería era estudiar Historia. Había pasado el último año leyendo sobre Nicanor Cáceres y Berón de Astrada mientras los demás hablaban de autos o de boliches.

Me fascinaban esos tipos olvidados que pelearon por causas que ya nadie recuerda. Yo también quería eso: pelear por algo, aunque no diera plata.


Porque uno no elige con el corazón cuando el bolsillo anda opinando fuerte.


Esa fue mi primera gran negociación con la realidad.


Los primeros días de cursada me costó entender que nadie me conocía. En el pueblo, uno entra a cualquier lado y ya saben tu apellido. Acá, en cambio, nadie sabía quién era yo. Era un nombre en una lista y una cara que todavía no tenía pasado.

Eso dolía un poco, pero también daba cierta libertad.


Con el tiempo conseguí alquilar una pieza cerca de la facultad. Cama, heladera, ventilador, mesa y una hornalla.

Simple, pero limpia y bien ventilado.

El dueño vivía abajo y tenía la costumbre de subir cada tanto a controlar que no me olvidara la luz encendida. No era mala persona, pero tenía esa mezcla de paternalismo y desconfianza que solo tienen los que alquilan a estudiantes pobres.

Las noches eran lo más difícil.

El ruido de la ciudad no me dejaba dormir. Autos, perros, voces, un silencio que no era silencio. Extrañaba el ruido del pueblo, ese que se apaga cuando cae el sol.

Pero también sentía que algo se abría, que había empezado una vida nueva, aunque todavía no supiera bien cómo vivirla.

Los fines de semana me juntaba con otros chicos del interior. Algunos de Goya, otros de Paso de los Libres. Nos entendíamos con una mirada. Todos estábamos igual: con un pie en la ciudad y el otro todavía en casa.


La llamada


Pasaron dos meses desde que me mudé a la pieza.

Ya conocía los horarios del colectivo, los kioscos que fiaban, y hasta el mejor lugar para comprar milanesas frías a la noche.

La facultad empezaba a ser rutina.

Me levantaba temprano, leía apuntes con los ojos hinchados y me dormía tarde, siempre con la radio baja para no pensar demasiado.

De a poco, la ciudad empezó a tener caras conocidas.

Un compañero que te guarda lugar, una chica que te presta apuntes, el del kiosco que ya sabe qué marca de yerba comprás.

Pequeñas pertenencias.

Nada épico, pero suficiente para no sentirse tan solo.


Los domingos eran otra historia.

El calor apretaba, los colectivos pasaban vacíos, y uno sentía que el tiempo se estiraba a propósito.

En esos días llamaba a casa desde el teléfono público de la esquina.

Ponía las monedas con cuidado, como si se pudieran romper, y esperaba el clic del otro lado.

—¿Hola?

—Soy yo, má.

La voz de mamá sonaba distinta, más lenta.

Preguntaba si comía bien, si estaba estudiando, si necesitaba plata.

Yo le decía que todo estaba bien, que el dueño era buen tipo, que el lugar era cómodo, que el calor se aguantaba.

Mentir por amor también es una forma de cuidar.

Después aparecía la voz de mi viejo, firme, breve.

—Seguí así, hijo. No aflojes.

Era todo lo que decía, pero alcanzaba.


Cuando cortaba, el silencio del teléfono me dejaba un zumbido en el pecho.

Me quedaba un rato mirando la vereda, el cielo sin estrellas, los autos que pasaban sin destino.


Entonces crecer era eso: seguir caminando con el corazón dividido entre dos lugares.


Aquella noche volví a la pieza y encontré una carta sobre la cama.

Era de mamá.

Decía que estaban orgullosos, que la casa se sentía más vacía pero más viva, que el perro todavía dormía en mi cama.

No terminé de leerla.

Me quedé ahí, con los ojos húmedos y el alma hecha un nudo, me dí cuenta por primera vez que partir no era alejarse.


Era aprender a llevarlos conmigo.


Guardé el rosario en el bolsillo, apagué la luz y salí a la calle.

El calor seguía pegado al aire, pero ya no pesaba tanto.

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Quién Está Detrás del Blog

RAUL O. LOPEZ

Nací en San Isidro, Córdoba, pero hace años ando instalado en Bahía Blanca.
No me defino como escritor de manual: soy más bien un coleccionista de historias. Algunas me pasaron, otras me contaron y unas cuantas me las inventé para que la vida sea más entretenida.

 

Un día me crucé con la vida olvidada de un granadero de San Martín y terminé escribiendo una novela histórica:

 

Bogado: El Héroe que No Nombran.

 

Eso me enseñó que las mejores historias no siempre están en los libros, a veces están escondidas en un cajón o en la sobremesa de un domingo.

Este blog es mi patio.

Vas a encontrar relatos, recuerdos, ficciones y esas anécdotas que se cuentan bajito, como para que no se escapen.
Algunas te harán sonreir, otras quizás te dejen pensando.

Pasá, sentate y ponete cómodo, dale...

Y si algo de lo que leas te toca, aunque sea un poquito, contámelo.

Porque escribir es lindo, pero compartirlo es mucho mejor.

Si te gustó, ya sabés que hacer...

Acá termina. Y no, no hay escena postcréditos como en Marvel.👋

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