Ojalá sea sangre
- 3 nov 2025
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Mi viejo no tomaba mucho.
Era un hombre de rituales.
El vino en la mesa no era bebida: era compañía.
Lo trataba con respeto, como a un camarada de armas.
Decía que un asado sin tinto era como un desfile sin bandera.
Una tarde, después de hacer las compras, volvíamos caminando por la vereda de casa.
Él venía cargando su botella como si trajera un recién nacido: con una mano por debajo y la otra firme en el cuello.
Pero los cordones de las veredas de Bahía Blanca son como minas terrestres. Te confías un segundo y zas.
Lo vi tropezar en cámara lenta, con esa torpeza elegante de los que alguna vez supieron saltar vallas con mochila.
Cayó.
De frente.
Con las bolsas volando y el alma contenida en una explosión de vidrio y líquido oscuro sobre el cemento.
Me acerqué corriendo.
Asustado.
Pensé que se había quebrado algo, o que se había golpeado la cabeza.
Pero apenas apoyó los codos para incorporarse, miró el suelo, vio un líquido rojo chorreando por el cordón, y murmuró con los dientes apretados:
—Ojalá que sea sangre.
Ahí me largué a reír como un desquiciado.
No porque no me preocupara, sino porque me di cuenta que mi viejo prefería dar su hemoglobina antes que resignar un Malbec.
Lo ayudé a levantarse.
Tenía la rodilla raspada, el orgullo intacto y un vino menos.
Caminamos en silencio hasta casa.
Antes de entrar me miró, se acomodó la camisa y dijo:
—Menos mal que compré dos.


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