Las serenatas de Curuzú
- 20 nov 2025
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En los ochenta, en Curuzú, durante la semana del estudiante —septiembre, cuando el frío aflojaba y la inquietud adolescente nos hacía caminar como si tuviéramos resortes en las piernas— teníamos una tradición que hoy sería imposible de explicar sin que alguien frunza el ceño: las serenatas a los profesores.
Yo digo serenatas y parece algo romántico, pero no te voy a mentir: romanticismo poco.
El único que cantaba en serio era Rafa, que tenía una voz templada, linda, de esas que servían para algo más que llamar a los perros. Pachín también tocaba la guitarra y hacía segunda. El resto éramos una mezcla de entusiasmo y aullido. Íbamos con una guitarra sufrida, un redoblante desganado y una cajita de comparsa que sonaba como un frasco vacío. Ruido hacíamos.
Música… bueno, eso ya es interpretación.
Pero la dinámica era tan simple y tan hermosa que todavía hoy me da un poco de nostalgia: nosotros cantábamos algo —lo que fuera— y ellos nos daban bebida.
Así, sin esconderse. Los profesores, en la puerta de su casa, con botellas, vasos, y esa sonrisa cómplice que decía “no digas nada, pibe, tomá”.
Eran tiempos en los que un docente podía regalarte un cajón de cerveza y lo único que te pedía era: —Devuélvanme los envases, ¿sí? Que por supuesto jamás devolvíamos. Terminaban tirados en cualquier zanja como testigos mudos de una noche que había salido demasiado bien.
Y a medida que avanzaba la noche, bueno… las canciones mutaban. De afinadas no tenían nada; de claras, menos. Terminábamos borrachos, felices, desafinados y abrazándonos para no caernos. Era una fiesta pobre, torpe y extraordinaria.
Una noche íbamos tambaleando por la calle, riéndonos de cualquier cosa, cuando uno pega un salto y dice: —¡Allá hay luces y gente! ¡Vamos, que por ahí ligamos algo! Y allá fuimos, llenos de esperanza líquida. Afinamos la garganta, o eso creímos, y arrancamos a los gritos.
Al medio del tema, sale un tipo de la casa, nos mira fijo, respira profundo y dice: —Chicos… no hagan tanto ruido que estamos de velorio…
Quedamos tiesos. Nadie sabía si pedir perdón o seguir cantando.
El silencio nos envolvió como una manta de vergüenza.
Y nos fuimos, despacito, con la cajita de comparsa arrastrando por la calle de tierra, como si pidiera disculpas en cada piedra.
Hasta que uno del fondo —no voy a dar nombres, por piedad— pregunta con inocencia suicida:
—¿No nos van a dar algo? Digo… nosotros ya cantamos…
Pero hubo otra noche.
Otra que se quedó pegada a la memoria.
Para salir de serenata había que presentar una lista en la comisaría con todos los nombres. Un trámite sencillo, un protocolo de pueblo.
Alguien —no recuerdo quién— fue el encargado de hacerla ese año.
Esa noche nos para la policía. Frenan la camioneta, nos suben a todos —guitarra, redoblante, cajita, borrachera— y nos llevan a la comisaría.
Allá estaba la lista, prolija, esperando. El patrullero no la tenía encima.
Cosas de Curuzú.
Cuando nos bajaron de la camioneta, todavía tambaleando entre risas y olor a cerveza tibia, entramos a la comisaría y lo primero que vimos no fue a un policía. Fue a Lobo. Lobo era… bueno, un personaje. Un ladrón de Curuzú, pero de esos ladrones que no daba miedo: daba ternura y desconfianza al mismo tiempo. No tenía todos los jugadores en la cancha —había días en que ni siquiera presentaba equipo— pero era pícaro como él solo. Tenía una habilidad legendaria: se hacía amigo de los perros de cualquier casa donde quería entrar a robar. Les hablaba bajito, les daba de comer o los rascaba detrás de la oreja, les contaba vaya a saber uno qué versos… y entraba como si fuera el dueño. Una vez, lo engancharon arriba de un paredón en plena fechoría.
—¡Eh, Lobo! ¿Qué estás haciendo ahí?
Y el tipo, como si nada, se pone las manos en los bolsillos, se para derechito arriba del muro y contesta, caminando por la cornisa:
—Nada… acá ando… paseando. Así era Lobo.
Un delincuente a tiempo parcial y un humorista a tiempo completo.Y como todos lo conocían, siempre estaba en la comisaría: limpiando, cebando mates, barriendo. Era una especie de pasante involuntario de la vida. Esa noche estaba barriendo adentro, con la escoba al hombro, como si fuera una escopeta.
Cuando nos vio entrar, no dijo “hola”, ni “buenas noches”, ni nada. Nos tiró un “chis” cortito, con movimiento de arriba a abajo de la cabeza, señalándonos con la pera, el saludo curuzucuateño por excelencia. Y nosotros, en fila, respondimos al unísono:
—Eu…con movimiento de cabeza.
Parecía una manada haciendo reconocimiento de territorio. Lobo se rió, sin dientes en un costado, y siguió barriendo, pero con ese orgullo mínimo de quien piensa: “yo también tuve serenatas… pero las mías eran a la justicia”.
Nos paran en fila como si fuéramos sospechosos de desafinar en público (cosa bastante cierta). Empiezan a leer:
—¿López Raúl? —Presente. —Puede irse.
—¿Belleza Gustavo? —Acá. —Puede irse.
—¿Ríos Rafael? —Yo. —Listo, siga.
—¿Albergucci José Luis? —Presente. —Bien, afuera.
Nos iban nombrando uno por uno, y cada uno salía a la calle muerto de risa, como chicos liberados de la cárcel más ridícula del mundo.
Cuando ya habían nombrado a todos, quedó uno solo en el medio del salón. Quietito. Mirando al policía. Mirando la lista. Mirándonos a nosotros desde la puerta, como pidiendo auxilio. Era el autor del listado.
El responsable de llevar los nombres.
El iluminado que se había olvidado de anotarse. El policía lo mira y suelta:
—Vos no estás acá. Y el tipo, en vez de explicar, justificar o pedir clemencia, levanta la cajita —esa misma, la de comparsa, la del ruido seco y alegre— y dice con una convicción conmovedora: —¡Pero yo estoy con ellos, miren! ¡Toco la cajita! Y empieza a hacer tac-tac-tac, ahí mismo, en la comisaría, como si el ritmo pudiera reemplazar el documento, la firma, la fe de vida y hasta el acta policial. Los milicos lo miraban sin saber si reírse o detenerlo por desacato musical. Nosotros, desde afuera, llorábamos de risa.
Y al final lo dejaron ir, porque era evidente —hasta para la autoridad— que uno que toca la cajita en septiembre, borracho y con alegría, no puede pertenecer a ningún otro grupo que no sea el nuestro.
Cosas de esas noches.
Noches de pueblo, tibias y desprolijas, en las que uno podía olvidarse de sí mismo en un papel y lo peor que pasaba era que te reías para toda la vida.
Noches en las que Pachín y Joselo todavía estaban vivos y Rafa afinaba.
Noches en que un velorio podía cruzarse con una serenata sin que nadie dejara de quererse.
Noches que ya no vuelven, pero que siguen ahí, guardadas en el oído.
Desafinadas, felices, y llenas de una ternura que, con el tiempo, se vuelve casi un abrazo.


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