La verruga con Wifi
- 25 oct 2025
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A Héctor le salió una verruga. Nada grave, una cosa mínima, apenas un granito testarudo en el costado del cuello, de esos que al principio uno ignora, pero que después se vuelven tema nacional cada vez que te mirás al espejo. La esposa le dijo que era de tanto rascarse, la hija que podía ser estrés, y el cuñado —que vio tres temporadas de Dr. House— juró que era un linfoma.
Así que Héctor, prudente pero incrédulo, decidió esperar unos días.
Hasta que la verruga empezó a titilar. Primero creyó que era el reflejo de la tele. Pero no. Era la verruga. Un destello mínimo, como de led azul, cada tanto.Y lo más curioso: solo cuando se acercaba al módem. Al principio se lo tomó en chiste.
—Mirá, vieja, parece que agarro señal —decía riéndose mientras se rascaba el cuello.
Pero una noche, mientras veía un video en YouTube, notó que el celular se conectaba solamente cuando apoyaba el mentón sobre el hombro derecho.
Se rió otra vez.
Después dejó de hacerlo.
Fue al médico del barrio, el doctor Paredes, que atendía en un consultorio donde el estetoscopio parecía reliquia.
—¿Y desde cuándo la tiene? —preguntó Paredes con esa voz de domingo.
—Y… hará dos semanas.
—¿Duele?
—No, pero emite Wi-Fi.
—¿Cómo dice?
—Que emite Wi-Fi. Tengo mejor señal cuando me la toco.
El médico lo miró como si estuviera decidiendo si cobrarle la consulta o derivarlo al psiquiatra.Le revisó la verruga con una lupa oxidada y dijo, solemne:
—Eso no es Wi-Fi, hombre. Es queratina acumulada.
Héctor asintió.
Pero cuando el médico se dio vuelta, la verruga volvió a titilar.
Paredes se quedó quieto.
—¿Vio eso?
—Lo vi.
Silencio.
El médico apagó la lámpara. La verruga seguía emitiendo una luz tenue, azulina.
—Ah, bueno, esto es nuevo —dijo, mientras buscaba en Google “verruga luminosa en humanos”.
Y ahí la conexión del consultorio se cayó.
Desde entonces, Héctor se convirtió en un fenómeno barrial. Los vecinos le pedían que se acerque al módem para “potenciar la señal”.
El almacenero lo hacía poner al lado del Posnet.
Y una noche, cuando se cortó la luz, Héctor se alumbró el camino hasta la esquina con el cuello.
Empezó a notar cosas más raras: cuando dormía con el celular al lado, amanecía con notificaciones leídas; y cuando pasaba por la tele, se cambiaba sola al canal de deportes.
Hasta que un día el Wi-Fi del barrio se cayó por completo. Solo funcionaba en su casa.
Y únicamente cuando él estaba despierto.
Durante los días siguientes, la familia de Héctor vivió en un limbo entre la risa nerviosa y el miedo. Su mujer llamaba a todos los consultorios de la guía telefónica, buscando un dermatólogo que no se burlara. La hija, que trabajaba en una empresa que vendía celulares, escribió al soporte de Google, por si “había alguna coincidencia”.
Y el hijo mayor empezó a grabar los destellos con el celular, convencido de que su padre se había convertido en un router humano.
Pero nadie sabía a quién recurrir. La policía se rió.
El hospital les dió turno para dentro de un mes.
Y cuando llamaron al ENACOM para preguntar qué hacer si un cuerpo emitía señal, les cortaron la llamada.
Lo último que se supo es que vinieron unos tipos del gobierno, con chalecos y una camioneta sin patente.
Le hicieron firmar unos papeles, lo subieron y se lo llevaron “para estudios”. Su mujer contó que, esa noche, el router del barrio volvió a funcionar perfecto.
Durante semanas, la familia buscó respuestas. Llamaron a ministerios, hospitales, canales de televisión. Nadie tenía registro de ningún operativo. En el ENACOM, directamente, negaron haber enviado a alguien.
Después de que se lo llevaron, el barrio siguió con lo suyo: los chicos jugando a la pelota en la vereda, la señora del 8 sacando a pasear al perro con pijama, y el del kiosco que jura que los del ENACOM no eran del ENACOM, que tenían acento raro, como de otro lado, aparte entre ellos había un chino, y a él los chinos les daban mala espina, -capaz que el que hayan puesto un supermercado al lado de su kiosco tenga mucho que ver con su opinión-.
La esposa lloraba a escondidas, el hijo menor no soltaba el teléfono, por si el padre llamaba.
Y cuando finalmente sonó, el número era desconocido.
Un mensaje sin texto, solo un pitido digital, repetido, como un código. El hijo mayor, que sabía de tecnología, lo grabó, lo puso en un programa de audio y lo amplificó.
Apareció una secuencia binaria. La tradujo. Decía:
“Estoy bien. No paguen más el abono.”
Después, silencio.
A veces, cuando cae la noche y el viento viene desde el parque, algunos vecinos aseguran que la red del barrio cambia de nombre sola. Por un rato, deja de decir “Fibra Hogar Bahía” y aparece un nuevo nombre, breve, escalofriante:
“HECTOR_2.4GHz”
Y ahí sí, nadie se ríe.
Porque justo en ese momento, el Wi-Fi anda perfecto.


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